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Un hombre superior
1
-¡Mozo!... ¡Vení carajo; el whisky se ha vuelto a terminar!-vociferaba Adriano. Estaba borracho ya.
Desde los baffles, el sonido desgarrador de la guitarra de John Mayal brindaba pretexto para retorcerse a dos parejas que bailaban descalzas sobre la pista. Luces azules que salían de bajo sus pies los tornaban raros fantasmas fosforescentes. El humo de los cigarrillos había formado una nueva atmósfera dentro del local todavía repleto.
-Perdón señor... usted llamó...
-¡Hace una hora que te llamo, boludo!-gritó Adriano, sobresaltando al mozo que por fin, sorteando piernas entrelazadas y vasos en el suelo en medio de la oscuridad, había llegado hasta la mesa del famoso cantante.
-Traé dos botellas más... ¡Y apurate, si no quieres que comience a destrozar este maldito lugar!
-¡Muy bien señor!-balbuceó el hombre y se dio vuelta para cumplir con la orden. No había empezado a caminar cuando la estentórea voz del divo lo paró en seco:
-Llevate estas botellas vacías, ¡animal!
Era la hora en que las parejas, ya agotadas de sacudirse, saturadas de alcohol y marihuana, sólo atinaban a aburrirse en compañía. Buscaban, estérilmente, diversiones nuevas: tomar las bebidas en sus zapatos, hacer concursos de pechos grandes; algunos trataban de llamar la atención sobre sí, haciendo cosas insólitas, gritando de repente "viva Hitler" o lanzándose a un show unipersonal. Intentaban de nuevo exprimir la noche, decepcionados, sintiéndose vacíos pese a todo. Adriano y sus amigos se habían sentado en uno de los rincones más claros del nigth club. Tenían su sitio siempre reservado, aun cuando sólo aparecían por allí de vez en cuando. El lugar era un reducto para snobs; por su ubicación -a 20 kilómetros de la ciudad-y sus exhorbitantes precios, sólo una selecta minoría podía tener acceso a él. Los últimos inventos del mundillo farandulesco se codeaban en Mother con notables de la "high-society" vernácula. Todo allí destilaba una rebuscada originalidad y cierto exotismo. Cianni, el dueño, había contratado arquitectos de moda para construirla. El edificio simulaba por fuera un gran vientre de mujer encinta, truncado un poco más arriba de la cintura. A través del ombligo de cristal, brillaba una luz verdosa. El sistema de ventilación estaba tan bien disimulado que no se percibía desde afuera. De todo el bloque se desprendía un suave resplandor, producido por iluminación indirecta. La puerta había sido colocada, mal escondida, en medio de las piernas de la inmensa mujer. Adentro, todo era azul, con excepción de la pista, que cambiaba de color paulatinamente o con violencia, de acuerdo al ritmo de la música. Jóvenes delgados, chiquillas con aire insolente, galanes maduros, damas lánguidas luciendo provocativos escotes, se deslizaban en cámara lenta, como una película muda, sobre la ensordecedora combinación de rock and roll y estroboscopía. Hasta que se agotaban y comenzaban a desarmarse, a perder su estudiado esplendor en medida fatalmente proporcional a la cantidad de alcohol ingerido. Vomitaban, se revolvían, lloraban algunos. Este mundo frívolo, pero mítico para los millones de chiquillos que suspiraban ante sus fotos en las revistas y desfallecían leyendo sus andanzas, ese mundo lleno de maquillaje, cirugías y poses estudiadas ante el espejo, había girado, esa noche, alrededor de Adriano.
"Nadie ha llegado tan alto como yo -pensaba él-. Soy admirado, poderoso, rico...".
En un torno revoloteaban sin cesar sofisticadas muchachitas, espiando sin disimulo cada movimiento del ídolo, envidiando a los seis o siete elegidos que constituían lo que él llamaba "su circo". El alcohol tenía la virtud de acentuar su megalomanía.
"...una figura internacional. Mis canciones recorren el mundo. Mis dos películas producen aglomeraciones en cada lugar donde se exhiben. Las productoras, me ruegan para que participe en sus filmes... Pero ya no me hacen ninguna falta. Nadie me hace falta. He triunfado. Me basto para manejar mis cosas. ¿Acaso no he triplicado las ventas cuando decidí fundar mi propio sello grabador?"
La mano de su acompañante, una adolescente de tez bronceada, se deslizó con suavidad bajo su camisa, desviando por un instante el curso de sus pensamientos.
"Mujeres... aman el éxito. No creo que haya una capaz de resistirse a mí. Me basta señalarlas con el dedo para que se arrastren, ronroneando como gatitas, hacia mí.
"Soy bello. Pero eso no basta; lo sé. Ellas aman, por instinto animal, al hombre poderoso, despiadado, deslumbrante, que ven en mí. Aman mi seguridad, mi triunfo, mi riqueza... y todas intentan, estúpidamente, atraparme".
Los densos acordes de un órgano anunciaron que a continuación surgiría su voz desde el disco, en una de sus grabaciones más famosas. Era el quinto tema suyo que difundían desde que llegó. Los ruidos comenzaron a acallarse, mientras los que caminaban se apresuraban a ubicarse ostensiblemente para escuchar. Las parejas de la pista se tiraron en el suelo; las mujeres ensayaron actitudes extáticas, con la cabeza apoyada en las manos o echada hacia atrás, cerrando los ojos.
Voy a darte algo de mí, mujer
entre la verde hierba del campo.
Hoy por fin vas a sentir, dentro de ti
tanto, como nunca habías soñado.
Pero luego sufrirás: será sólo una vez.
-sonaba la canción.
"Me escuchan idiotizados. Se dejan envolver, llevar, por mis canciones. Me pertenecen: podría arrastrarlos a una guerra si quisiera, desde alguno de mis recitales. Me seguirían sin titubear".
Yo tendré que irme, luego
nunca más me podrás ver
mi amor no es para este mundo,
alguien me espera, en el sol.
"Pero no quiero nada de ellos. Me aman porque yo los aborrezco. Son sólo masa, amorfa, insípida, incolora. No me interesa su inmunda vida, pero ellos me necesitan. Soy la materialización de sus anhelos, de lo que nunca pudieron ser... me adoran, aun sin comprender mi sensibilidad en lo más mínimo".
Las lágrimas de tus pobres ojos,
construyendo dos senderos
terminarán junto al rocío
que el calor destruye para siempre
al amanecer
"Desde el alto lugar en que me encuentro, me doy cuenta de que por nada aceptaría descender a donde estaba hace unos años... en realidad, nunca fui como ellos, siempre en mi alma existió un matiz superior". Un estrépito de vasos rotos, seguido de un chorro helado derramándose sobre su cabeza interrumpió abruptamente sus pensamientos. Se incorporó encogiendo los hombros, lentamente, sintió el líquido, pegajoso, deslizarse entre sus enrulados cabellos, bajar sobre la camisa rosa... Se había roto el encanto. Empapado, con el rostro desencajado, giró sobre sí para buscar al culpable del sacrilegio. Vio ante sí un rostro, un tembloroso rostro, balbuceando incoherencias. Se sentía ridículo: algunos se reían. Se reían... ¡de él! ¡La manada se burlaba de su amo; los mediocres se reían del genio; los débiles se mofaban del poderoso! ¡El fango había conseguido, en un descuido, salpicar al sol!... Y aquella cara, esas facciones vulgares, aborígenes, aquel insignificante mozo de night-club... era el culpable de todo ésto. Sólo vio, en su furia, el rostro amarillo del infeliz; no hubo en ese instante nada más odiado por él. Quiso destruirlo: tomó una botella de la mesa y la estrelló, con toda su fuerza, contra el rostro del desprevenido empleado. El grueso vidrio estalló en mil pedazos y el hombre cayó de roddillas en el suelo, aullando, retorciéndose de dolor.
Un frenesí salvaje se había apoderado del cantante, que trataba de destrozar todo lo que hallaba cerca. Gritando, daba vuelta a patadas las mesas de cristal, estrellaba vasos y botellas contra la pared, tiraba ceniceros de metal contra los focos. Estaba provocando un revuelo descomunal.
-¡A ver! ¿Quién se ríe ahora?-gritaba, mientras seguía con la destrucción-. ¡Imbéciles!
Las mujeres chillaban asustadas; una, presa de la histeria, aullaba: "Más, más Adriano... ¡dales con todo!" y se reía a carcajadas, rompiéndose la ropa. Se habían encendido todas las luces. Un borracho total despertó de su mona un instante, hizo una señal con la mano y se cayó hacia atrás, por levantarse. Por fin, luego de rogarle muchas veces, los amigos de Adriano pudieron apaciguarlo un poco; tomaron sus cosas y envuelto en un tapado de piel lo sacaron, tembloroso de rabia y despecho todavía.
Los parlantes no atronaban ya. Un silencio espeso había ocupado su lugar. Las intensas luces otorgaban al cuadro una brutal objetividad. Los que no estaban borrachos se movieron hacia la salida, consternados. Una mujer gritó: como una aparición, el hombrecillo agredido se había incorporado y manoteaba el aire, buscando algún apoyo. Tenía la casaca blanca teñida con sangre, que manaba abundantemente de su rostro pese a los desesperados intentos que hacía por contener la hemorragia. Las heridas que le habían infligido eran horribles. Imploraba:
-¡Ayúdenme, por favor!
2
El lujoso chalet brillaba tenuemente iluminado entre los antiguos caserones del barrio residencial. En la vereda, Dany y Liza esperaban. Habían traído el auto de Adriano hasta su casa. Cuando los vieron llegaron, montaron nuevamente en el vehículo y lo enfilaron hacia la puerta del garage. Adriano venía con otra pareja y Roberta. Durante el recorrido no había pronunciado una palabra. Contrariado, parecía absorto en algún punto indefinible del camino. Roberto se había limitado a observarlo compungida, atenta al menor movimiento de él. Ramiro y su novia tampoco se habían atrevido a interrumpir aquel hosco silencio. De vez en cuando lo miraban disimuladamente, como para comprobar que seguía allí. A duras penas lo habían disuadido de conducir su propio vehículo. Por suerte, el viaje parecía haberlo despejado bastante.
-¿Alguien va a abrir de adentro el garage?-preguntó, desde el otro coche, Dany.
-Apretá el botón negro y rojo, a la izquierda del tablero-contestó el cantante, mientras se apeaba del convertible de su amigo. Luego, dirigiéndose a los otros, espetó:
-No se molesten en bajarse. Quiero estar solo.
Pero Roberta ya se había colgado de su brazo. Dany guardó el auto de Adriano. Cuando pasó junto a él intentó un elogio al sistema electrónico de control remoto, pero recibió una mirada tan hosca que se quedó en mitad de la frase. Se fue sigilosamente, del brazo de su amiga.
-Cuídalo, Roberta-dijo todavía, por la ventanilla.
-No te preocupes, pibe -replicó Adriano-. Nadie me cuida mejor que yo mismo.
Se fueron por fin.
El caminó con la muchacha abrazada a su cintura hacia la escalera de piedra que conducía, a través del vasto jardín, hasta la puerta del chalet, erigida a dos metros sobre el nivel del suelo. Entraron en silencio; el hombre siguió hasta el dormitorio y sin desvestirse se tiró sobre una inmensa cama circular. Roberta, indecisa, se asentó sobre un almohadón, cerca del lecho y se quedó observándolo, en silencio.
-¿Qué haces, sentada como una idiota?-reaccionó de pronto él, rompiendo su prolongado mutismo anterior: -desnúdate, ¡ya!
La muchacha obedeció.
3
Una tarde, al salir de los estudios de grabación, su secretaria le advirtió que dos hombres lo esperaban en el hall. Apenas bajó del ascensor los vio. Estaban sentados cachondamente en los sillones, hojeando algunas revistas viejas mientras fumaban. Por su aspecto, presintió que eran policías. Se dirigió a ellos sin saludarlos.
-Soy Adriano-. Los policías se habían incorporado apenas lo vieron venir.
-Lo conocemos, señor-contestó uno de ellos. Luego se generó un silencio embarazoso.
-Y bien-se impacientó él.
-Somos de la comisaría 24ª dijo el que había hablado antes. Lo sentimos mucho, creo que tendrá que acompañarnos.
-De qué se me acusa-preguntó Adriano, casi con sorna.
-Agresión con lesiones graves.
Por la mente del artista pasó fugazmente el rostro ensangrentado del hombrecito del night-club. Pese a ello, preguntó:
-¿A quién lesioné yo?
-Miguel Naveda.
-No lo conozco.
-Es empleado de un local nocturno-explicó el oficial, como si le costara pronunciar las palabras-. Dice que usted le dio un botellazo en la cara. Perdió un ojo.
-¡Eso fue en defensa propia!-casi gritó Adriano-. ¡Tengo testigos!
-¡No se preocupe, Adriano!-terció el otro oficial, con un guiño de benevolencia-. ¡Usted va a salir bien parado de ésto!
En la comisaría habían preparado una habitación especial para él. Esa misma tarde, dos abogados le visitaron. Restaron importancia al problema. Ese Naveda era un pobre infeliz. Además, alcohólico. Por ese lado iba a ir la defensa: Naveda aparecería como el agresor. No habría problemas en conseguir testigos. Ya se encargarían ellos... eso sí: iba a costar unos buenos pesos.
A la mañana siguiente Adriano estaba en libertad. Antes de irse, saludó al comisario y a un grupo de sonrientes oficiales que le pidieron autógrafos. Flanqueado por sus defensores se dirigía a la salida, atravesando un frío corredor, cuando un hombre que venía en sentido opuesto atrajo su atención: al descubrirse mutuamente, ambos vacilaron. Era un individuo pequeño y macizo. Más lo terriblemente desagradable de él era su rostro, cruzado por sanguinolentas cicatrices que se distinguían con claridad, aun de lejos. Su boca, como torcida, formaba un extraño rictus, semejante a una sonrisa, que dejaba al descubierto por uno de sus lados dos o tres dientes amarillentos. A pesar de los anteojos oscuros, podía advertirse claramente que aquel monstruo tenía un solo ojo.
Adriano no necesitó que le dijeran quién era. Pero ni siquiera lo miró al pasar al lado de él. El otro se había quedado parado allí.
"Al diablo con el imbécil -se dijo-; no quiero saber nada de él.". Después no pensó más en el asunto. Un enjambre de periodistas y camarógrafos se agolpaban en la vereda, esperándolo. En medio de los flashes, varias manos portando micrófonos se extendieron hacia él.
-¿Por qué te detuvieron Adriano?
-¿Es cierto que te acusan de llevar drogas?
-¡Por favor, una sola palabra para tus fans!...
El los ignoró completamente y como un dios distante, esperó que la policía le abriera paso hasta su coche.
-¡Ha sido una gran equivocación!-oyó que declaraba uno de sus abogados.-Ahora está todo arreglado.
Subió al automóvil, que el chauffeur ya había puesto en marcha.
4
Elmira era muy bella. Excepcionalmente bella. Delicada, culta, femenina. Una mujer nacida para ser amada. Nadie hubiese podido resistir una prolongada mirada de sus ojos sin enamorarse. El no había podido adivinar el misterio que esos ojos escondían. Una deliciosa sensación lo anegaba cuando lo miraba ella; no era difícil, entonces, dejarse llevar por un imaginario mundo de suaves sensaciones, transmitido por esa mirada honda de aquella muchacha que, además, tenía un cuerpo privilegiado. Una tierra prometida, donde se esperaba hallar placeres desconocidos, palabras jamás oídas, sentimientos ignorados. Pero lo que más atraía de aquella criatura excepcional era el halo de pureza, de singular inocencia que parecía iluminar cada uno de sus serenos movimientos, cada frase suya. ¡Era tan distinta a todas aquellas chiquilinas libertinas que saltaban a su cama, a veces sin siquiera haber hablado antes! Con ella, todo había sido increíblemente distinto. Elmira se había metido en su corazón desde que la habló por primera vez. ¡Le había costado un largo trabajo conquistarla! Tuvo que declarársele formalmente. En los primeros tiempos, ese noviazgo le daba risa. Se veían en lugares públicos. ¡Nunca aceptó ir a su casa sin estar acompañada! Hasta debió aceptar que lo presentara a sus padres. Un matrimonio severo, anticuado. Pese a todo ello, él la quería cada día más.
Adriano pensaba esto mientras guiaba su poderoso Alfa Romeo bajo la lluvia. La ruta estaba desierta, silenciosa. Tras él, quedaba la finca del padre de Elmira. Ella estaría ya acostada, entre sábanas vaporosas, dulcemente dormida quizá. Había pasado una velada maravillosa. Nada de ruidos, nada de fans, ni fotógrafos ni luces enceguecedoras... Sólo los cuatro, los refinados padres de la muchacha, ella, y él, ante la mesa deleitable, servida por un silencioso matrimonio de mucamos. La música de Brahms, confundiéndose por ratos con el suave rumor de la lluvia en la ventana y el suave crepitar de los leños encendidos en el hogar.
Después de la cena, ella se sentó al piano y cantaron a dúo.
Desgraciadamente, la noche había terminado y él volvía, solo, aun envuelto en las brumas deliciosas del alcohol y las saudades de aquellos bellos momentos. Tan recientes, pero ¡tan lejanos ya! Bueno hubiera sido poder traer consigo a Elmira, junto a él, abrazándolo, acariciándolo con sus finos cabellos, embriagándolo con palabras dulces murmuradas al oído... Pero de haber sido así, quizá él no estaría enamorado como ahora. ¡Tenía suerte esa muchacha, si lo pensaba bien! Adriano era un buen partido, a no dudar. Y se iba a casar con ella. Lo había reflexionado seriamente, ya. ¡Cuántas mujeres, en el mundo, serían capaces de dar cualquier cosa para casarse con él! Y había sido ella la elegida. Sólo ella.
Un resplandor a un costado del camino, distrajo por un momento su atención. El gran vientre, con su ombligo luminoso, apareció en una curva ante sus ojos, mezclándose con sus imaginerías. No había vuelto allí, luego de aquel incidente... ¿Cómo se llamaba el tipo?... No recordaba. No volvió la cabeza al pasar. El boliche le traía malos pensamientos.
No le costó demasiado volver con Elmira, en su mente. Nuevamente sus ojos azules se metieron en sus ideas, llenándole de aquel indefinido placer que ya conocía, pero no podía explicar. Apenas terminaron el rodaje de su nueva película se lo iba a proponer. Sí -¿por qué no?-, me iba a casar, con una gran fiesta, una sola, inmensa fiesta. Y después, a descansar juntos, un mes, dos... lo que fuera necesario, en alguna isla lejana. O quizá -mejor todavía-podía llevarla a algún lugar escondido en las montañas. En medio de la nieve y los abetos. ¡Eso!, ¡sí! la idea le entusiasmó más que la anterior. Compraría una casa, en los Alpes. Había visto hermosas viviendas, como de chocolate, cuando anduvo allí. Se refugiarían, a salvo de la vulgaridad del mundo, sólo ellos dos, sin compartir con nadie, ni siquiera con estúpidos sirvientes, su luna de miel. Nadie tenía derecho a eso como ellos. Eran hermosos y fuertes. Como nosotros -pensó Adriano-debían de haber imaginado a sus dioses los griegos. De algún modo, lo eran. Como dioses, entonces, vivirían.
Un violento tirón del volante, precedido por un estallido, lo volvió bruscamente al planeta. Instintivamente pisó los frenos, pero el auto apenas le respondió; culebreando, se salió del camino mojado y fue a estrellarse -por suerte casi sin violencia-contra una araucaria.
Maldiciendo, se bajó en medio de la lluvia a ver qué había sucedido. El hocico del auto lucía muy abollado, pero la causa de la patinada había sido un reventón. Con rabia le dio un puntapié a la máquina y volvió a entrar. Esperaría. No era él la persona indicada para cambiar un neumático y menos bajo la lluvia. Se apoltronó en el asiento, luego de modificar su posición corriéndolo hacia atrás. Extrajo un Gitane y lo encendió, colocó un magazine de sus canciones en el stereo-car y se dispuso para la espera. Eran las cuatro de la mañana y la lluvia no cejaba. El paisaje era sobrecogedor. Frondosos cipreses y araucarias bordeaban el camino y los campos arados, que semejaban un inmenso cementerio. Algún lamparazo fugaz teñía todo de azul por ratos y las gotas acumuladas en las ramas constelaban de puntos brillantes a aquellos grandes vegetales. Se escuchó a sí mismo desde los parlantes.
Mira a los hombres, míralos
como ratas correr,
viviendo y muriendo, comiendo
lo que les dan de comer;
corriendo por tras de una dicha
corriendo por tras de una paz
que jamás podrán conocer.
Míralos, como hormigas
sufriendo inconscientes su propia insensatez
piensan que viven, creen que eso es vivir;
se mienten, desde que aprenden a hablar;
ellos existen, sólo para morir.
Le agradaba escucharse. Algunas veces se veía, en su imaginación, cantando sobre un escenario suspendido en las nubes; vestido con ropas tenues, iluminado por miles de estrellas, que concentraban su luz en él. Debajo, a lo lejos, millones de seres diminutos, que lo ovacionaban absortos. Creía seriamente que ese sería su destino después de la muerte, que algún día tenía que llegar. Pero para qué pensar en eso ahora -se dijo-: soy demasiado joven para la necrología. Mejor, volver a Elmira. Elmira era tal vez la única mujer en el mundo digna de un hombre como él.
"Yo he de llevarte conmigo a un lugar"-susurraban los parlantes-, "allí aprenderás que el poder/ nace del ansia de ser/ vive, quien sabe vivir/ muere el que quiere morir".
-Vive quien sabe vivir-repitió el coro-, muere el que quiere morir.
Los faros de un coche que se acercaba por la ruta lo encandilaron un segundo desde el espejo retrovisor. Bueno, ya venía alguien. Se bajó, haciendo señas con los brazos levantados. Era un Fiat 600, medio destartalado. Peor es nada -pensó Adriano-. El autito se paró unos metros más adelante. Enseguida hizo marcha atrás. Adriano abrió la puerta y se metió sin que lo invitaran.
-¡Hola amigo!-saludó, al bulto que distinguió frente al volante. Reventé una goma. Y con esta tormenta... usted me llevará hasta la ciudad, sin duda. Soy Adriano, me debe conocer por la televisión...
-Adriano-repitió el otro.
-¡Sí, Adriano!
-¡Pero fijate vos!-murmuró, soltando una especie de risa, el otro-; ¡Fijate vos lo que son las cosas!
-¿Qué dice? ¡No entiendo!-balbuceó Adriano, pensando ya que tendría que vérselas con algún loco.
De pronto un trueno hendió el silencio; un relámpago intenso transformó en día por un solo segundo la espesa oscuridad... y Adriano pudo ver el rostro del conductor... Un rostro pálido, cubierto de cicatrices rojas, entre las que aparecía, como injertado, un ojo, un solo ojo, desmesuradamente abierto. Bajo la chata nariz, una boca horrible, que reía con rara mueca.
Como si hubiera visto al diablo, saltó del coche y echó a correr. Quiso alcanzar su auto y encerrarse; pero su perseguidor era veloz; lo alcanzó en dos saltos. Sintió un terrible puntapié entre las piernas, que lo derribó en el barro de la banquina. Se dio la media vuelta sin levantarse, tratando de retroceder con una mano encharcada en el fango y protegerse con la otra: el agresor ya estaba encima.
-¡No!-imploró entre sollozos el ídolo ¡por favor!... Te daré dinero. Te haré rico. Podrás hacerte buenas cirugías...
Un nuevo relámpago iluminó las facciones del monstruo. Tenía un cuchillo pequeño y ancho en la mano. Aterró al cantante la mirada de aquel ojo único, fijo.
-¿Así que te acuerdas de mí?... ¿Así que te acuerdas de aquel pobre Naveda, que arruinaste para toda la vida?...
Quiso hablar, decirle que era posible un arreglo aún, que podía darle lo que él quisiera; pero su garganta no le respondió. Había enmudecido, por el terror. Su esfuerzo por gritar algo lo dobló; quiso incorporarse y de su garganta escapó como un alarido animal, sólo cuando sintió la hoja de metal desgarrando sus entrañas. Un vahído lo derribó y su conciencia fue perdiéndose, entre una niebla roja que lo envolvía todo. Pese al fondo de truenos, se percibía claramente la canción, que sonaba aún en los parlantes del Alfa Romeo.
Era el turno del coro.
San Francisco de Córdoba, junio de 1975.
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