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Saga de los cien pies
Lo que a nosotros nos suena a
incoherencia respecto al discurso
enunciativo, ha tenido la virtud
alguna vez de auscultar el destino.
Luis Jorge Jalfen.
Entre sus piernas azuladas, blancas por la luz lunar, habitaba aquel misterio que por estar tan en evidencia incitaba a explorarlo, sin que el corazón sospechara la magnitud de su hondura.
Lóbregos espumarajos de bruma turbaban el horizonte.
Erráticos pavos cantando -pasan residuos-a la orilla del río, a la hora de la siesta, desnudos de palabras la bikini verde encima de la piel marrón. El sonido del tren, a lo lejos; sobre el puente un mendigo. Ha detenido su boya el pato, lo miramos sordos de viento, más el logos llega y yo sonrío; desde el medio del agua tengo una perspectiva con nubes coloradas (formando colchones sobre los paraísos de lontan... (no de autos ni camiones). Voy al bar de la estación y traigo dos botellas de cerveza calientes. "Para qué está el agua, voy a enfriarlas allí".
La Rosita no usaba enaguas rosadas. Ella calla pues callo yo -callo uno, callo dos, callo tres, callo cuatro-: la zamba de Vargas mandó a tocar y los bravos santiagueños pasaron a degüello a los riójanos (bueno mirá qué atrevido ese Gordo Osorio tocarme la rodilla y los muslos, aunque sea mi primo, dijo la Elina); el viento remolinea en la arena y ensucia el esmoking, vamos al club, rango y toque.
De día la encontraba en el club, sentada junto a la piscina, exponiendo su cuerpo al sol. Algunas veces me ignoraba, hacía como si no se hubiese dado cuenta de mi llegada, pero de repente miraba hacia donde yo andaba y una sonrisa seductora... ¡Nada de la pelota que te dije ayer acercando el movimiento a la descendencia!... ¡Y el ornitorrinco ambivalente!... ¡Está pelado! ¡Qué asco! Ha venido el sacristán, peruano el hombre mas no rubio: `Pablo, Pablo', le decían pero él no contestaba y seguía golpeando, a donde vas que no se te ve ya casi en ninguna parte sotreta, le decía, hijo de una yegua overa, le decía, no me toques la puta que te parió le decía y le pegaba con el diario doblado, tocaba el armonio, moviendo rítmicamente los pies sobre los pedales el mormón, movía los pies y las orejas, en la treta del zorro no hubo. Mas: ¡ay de aquél que hasta en el santo asilo, de la virtud arrastra la cadena, la pesada cadena con que el mundo / oprime a sus esclavos!
Ludwig murió luchando con el director del hospicio. Wagner estrenó Parsifal. ¿Quién es usted?, preguntó Julio A. "Jeremías, su alteradláter fáctico, Arturo ya nos ha dejado, transido por su tan desconsiderada y violenta actitud de usted; y cumplo en advertirle -no porque me ligue el menor sentimiento de solidaridad hacia su persona, sino porque forma parte de mi misión-, que el alma de Arturo ya está en camino hacia El Castillo para presentar una queja formal de veinticinco folios en su contra". Así contestó el otro. Mientras tanto el rey divagaba y vagaba, de aquí para allá, sin afeitarse ni bañarse y Wagner componía y componía.
Así estaban las cosas.
Anocheció en la arena:
L'etang reflète,
Profond miroir,
La silhoutte
Du saule noir
On le vent pleaure...
Puso música, bailó con las dos; después, cambio la música movida por la lenta. De esa música que sólo era un pretexto para permanecer abrazados en la pista. Automáticamente, por falta de estímulos percusivos la luz se aquietó y
dejó el lugar bajo un brumoso resplandor celeste; la amiga tomaba wishky con pomelo en una
cova; Alejo envolvió el cuerpo adolescente de Cristina entre sus brazos y la besó; su rostro se había puesto caliente como un tizón. Llegó Carlín Ibarlucea. Todo trajeado y perfumado, la cabeza brillante de gomina, los ojos azules, asustadizos, brincando de aquí a allá, interrogando con la mirada.
-Todo bien-comentó Alejo: -en el seso duerme el sexo.
-Bueno, yo voy a sentarme con mamá y Marta en aquel rincón.
Alejo estaba con Laura y se acercó a saludar.
-¿Es tu novia, la chica de los Verlanga? -preguntó la madre de Carlín.
-No, no es ella-contestó suavemente Alejo, y se despidió sin decirles quién era. Ya se encargarían sin duda de averiguarlo.
Se sentaron a esperar frente a una mesa del mencionado bar. Estaba apenas concurrido, pero había tres bellas mujeres en la mesa contigua. La calefacción entibiaba agradablemente el lugar. Pidieron dos cafés y Alejo agregó una copita de cognac. Carlín era ateo y comunista y Alejo de la Acción Católica, pero eso no impedía que fueran amigos. Más bien lo favorecía.
El local tenía paredes altas y descascaradas. También había unas grandes barracas. Comenzaron a llegar muchachos de otros campos de concentración, en camiones conducidos por soldados; venían con sus familias, con sus mujeres, sus hijos y sus padres. Algunos me reconocieron pues eran santiagueños o cordobeses -en ambas provincia tengo amigos-. El lugar era extenso, con grandes patios y antiguas construcciones de paredes en las que el revoque se había caído por partes. Conversábamos con algunos de los recién llegados. Todo se activó en las barracas, hombres y mujeres trajinaban de aquí para allí acomodando bártulos, llevando y trayendo muebles de campaña. Un viejo conocido, tucumano, se acercó a Julio A., lo saludó calurosamente y le presentó a su esposa. Era una hermosa mujer, morena, de cuello largo y frente suave, ojos grandes, oscuros, muy bella vestida de verde, con una solera verde clara con festones en el ruedo y en las mangas.
Los brazos quedaban desnudos. A la altura de las caderas, deliciosamente combas, el vestido ostentaba una fina guarda bordada. La mujer, muy alta, calzaba sandalias -unas ojotas muy sencillas que consistían en el cuero de la plantilla y dos tiras finas que sostenían el pie-sin tacos. Aun así sobrepasaba en altura a su marido. Aquellos pies pequeños -no lo eran tanto; daban esa impresión, pues eran delgados; bronceados-aquellos pies pequeños atraían la mirada hacia la ondulante línea de su perfil; las delicadas transiciones de forma iban llevando irresistiblemente la mirada desde el borde de sus dedos bellísimos, otrora cuidados, hacia el empeine de ánfora, los tobillos apenas insinuados, las pantorrillas ondulantes y producían en el observador inevitables y dulces fantasías, así como especulaciones respecto a lo que habitaría bajo la pollera color hoja de parra. De tal modo, bastante agradable según mi humilde y no del todo imparcial criterio, viene a culminar este relato.
"¿Y los camiones?", se me dirá. "¿Y el miedo?". Responderé que me negaron la
Introducción a la Metafísica de Heidegger, lo cual me dejó extrañamente aliviado. En los prólogos de sus anteriores discursos había hallado innumerables contratiempos. ¿Y con Nietzche? Pan criollo.
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