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La piel de Renata
Renata está desnuda sobre el cojín de terciopelo. Mordisquea una manzana y da vuelta lentamente las páginas del Vogue, mientras yo trato de pintarla. Trato. Porque hasta ahora, pese a que llevo hechos mil docientos retratos de Renata no he conseguido pintarla a ella sino a su figura.
Según los críticos yo era un buen pintor, hasta que la conocí a Renata. En gran parte fue a causa de ello -de lo que los críticos decían- que llegué a sentir esos impulsos apremiantes de abandonar la pintura que me atacaban en aquel tiempo. Pero llegó Renata. Con todo el sentido que ese verbo, «llegó» tiene, en sus acepciones más felices. No voy a contar cómo la conocí; eso no tiene la menor importancia. Renata llegó y yo me di cuenta, y esto sí tiene importancia, me di cuenta, porque lo que suele suceder generalmente es que las oportunidades decisivas estén pasando de tanto en tanto por lado de uno y uno no se de cuenta. Renata llegó y aunque al principio intuí que tenía que retenerla junto a mí sin saber exactamente por qué, después de convivir con ella comprendí que toda mi vida, con cada una de sus experiencias, no había sido sino una extensa preparación para llegar a intentar el retrato de Renata.
Comprendí que estaba en presencia de algo que se iba a producir una vez y nunca más. (O quizá, si se había producido anteriormente no hubo alguien capaz de darse cuenta y dejar un testimonio comprensible). No sé si hay algo de cierto en esas teorías según las cuales la humanidad es potente sólo para un limitado número de posibilidades individuales, que se van reproduciendo con matices diferentes a lo largo de un proceso evolutivo que ellos llaman «metempsicosis». Como la única vida que conozco es ésta, que empezó para mí hace treintaidós años, mi praxis me inclina a pensar que cada vida es un fenómeno absolutamente particular, irreproducible. Se explica entonces mi deslumbramiento cuando supe que tenía ante mí la posibilidad de conocer y expresar a Renata, a la única, e irrepetible Renata.
Ustedes estarán esperando que les diga qué tiene Renata; pero no se los podría explicar, aunque fuera poeta. Sólo si vieran mi cuadro de Renata -lo que supondría que yo hubiera logrado terminarlo- llegarían a comprenderlo. Ni siquiera viéndola a ella -fíjense bien en lo que digo-, ni siquiera viéndola conseguirían comprender. Lo sé a través de mi propia experiencia; ninguno de los moscardones que me han rodeado desde que mis cuadros comenzaron a hacerse famosos ha podido comprenderlo. Y muchos de ellos poseen largos títulos. He visto alejarse de mí uno a uno a mis amigos, a mis familiares y a los críticos que dos o tres años antes me habían colmado de elogios. Ahora dicen que estoy loco. Que he llegado al límite de mi capacidad creadora. Y hasta algunos han ensayado una explicación psicologista que desenmascara a un edipo morboso largamente reprimido -desde la muerte de mi madre, en mi infancia-, que habría hecho eclosión, fatalmente, en esa «monomanía obsesiva».
Bueno. Mientras tanto, yo pinto a Renata.
Siempre desnuda, porque es la única forma en que se la percibe verdaderamente como las que es. La he pintado de frente, de perfil, en escorzo... corriendo desnuda entre los árboles del parque... También pinté un concilio de Renatas:
Sobre un gran mural, representé un recinto con dieciocho sillas; en cada una había una Renata desnuda, mientras otras dos, de espaldas, montaban guardia junto a una ventana.
Otra vez, pinté a Renata cabalgando sobre una melodía. La hice a ella, desnuda, en posición de montar y dejé el resto del cuadro en blanco. Como el común de la gente no llega a ver la música, cuando lo expuse -en aquel tiempo todavía interesaban mis pinturas- hice instalar en el piso, en ocho metros cuadrados alrededor del cuadro, un dispositivo. Cada vez que alguien pisaba ese espacio, comenzaba a sonar en perfecta estereofonía un trozo de «La Primavera», de Vivaldi. De esa manera, el que miraba el cuadro podía tener una idea aproximada de su sentido.
De vez en cuando me acuesto con ella. No se me escapa que es una de las cosas que la mantienen junto a mí. En los últimos tiempos hemos vivido exclusivamente con su dinero y aunque Renata afecta comprenderme cuando trato de explicarle el objetivo de mi obra, y me muestra un respeto que tiene algo de cómplice y divertido, creo que el factor que menciono más arriba es determinante para su lealtad. Sea como fuere, hay que decir en honor de ella que no me hace faltar nada. Ni externo ni interno. Aunque tampoco me importaría demasiado si fuese de otra manera. Soy un hombre que vive concretamente y como creo que la realidad individual, -porque la realidad sólo puede ser individual- consiste únicamente en el momento que está transcurriendo, en este instante, me conformo con poseer solamente lo imprescindible para poder aprovecharlo lo más intensamente que sea posible.
Hay en mi relación con Renata un algo de extraño, que no puedo definir; es como un pacto, realizado en algún tiempo y un lugar muy por encima de nuestro entendimiento. Por gracia de esa ley innombrada hemos vivido, desde que nos conocimos en una armonía casi escandalosa. Ella se ocupa de nuestras necesidades materiales y yo pinto. En una primera etapa exponía mis pinturas, pero nada ha cambiado desde que no lo hago más. Salimos poco y cuando lo hacemos, vamos a las montañas. Hacemos el amor. A veces ella viaja, a los Estados Unidos, a Italia o a Alemania, yo aprovecho esos días para escribir o retocar mis cuadros. No se crea que soy un tipo desapasionado, pero con Renata me ocurre que no tengo la más mínima inquietud por lo que pudiera hacer en esos viajes; jamás he sentido celos. Es algo difícil de explicar. No es que Renata no me importe, por el contrario, es lo único que me importa hoy en día. Pero hay, junto a la conciencia de su importancia abismal para mi vida, una especie de tranquilidad... es como la seguridad -y no sabría explicar de dónde viene-, la seguridad de que ella va a estar a mi lado exactamente el tiempo que yo la necesite, ni más ni menos. Esto parece estúpido, lo se, incluso parece contradecirse con lo que dije sobre al tiempo y todo lo demás. Pero así exactamente es como lo estoy viviendo.
Hoy he trabajado hasta muy tarde con Renata. Ella ha vuelto de la calle cerca de las seis. Se ha bañado, contándome algunas tonterías mientras se jabonaba y ha venido desnuda después, para posar. Ha estado ronroneando un rato a mi alrededor, pero ya sabe que no puedo acostarme con ella antes de pintar y se ha resignado enseguida. Después ha tomado una manzana de la frutera y se ha ido a sentar sobre unos almohadones oscuros que contrastan admirablemente con su piel. No le doy ninguna indicación: siempre la he dejado que posara de la forma que más le guste. Me limito a acomodar los reflectores y comienzo a pintar.
He pintado hasta las cuatro de la mañana, Renata se ha quedado dormida sobre los almohadones, pero no he logrado lo que busco. Que nadie crea que busco lo que el cubismo, aun suponiendo que las intenciones de Braque, Picasso o Juan Gris hubieran sido las que interpreta Romero Brest. Mucho menos me interesa el surrealismo. Lo que quiero pintar es absolutamente concreto, aun cuando nadie haya sido capaz de verlo -o, tal vez, precisamente por eso. Cuando expuse mis primeros retratos de Renata, alguien escribió sobre un supuesto «retorno al clasicismo». Otro hablo por ahí de «hiperrealismo». En verdad, podía decirse algo de eso, si había que decir algo (yo creo que es superfluo tratar de interpretar la pintura con palabras, pero también entiendo que la gente que escribe sobre arte vive de eso). En aquellos cuadros sólo había logrado la figura de Renata. Perfecta en lo formal, posiblemente. Pero no es así como la quiero. Si buscara la imagen exterior de Renata, me bastaría con fotografiarla y hacer una ampliación lo suficientemente grande después. O simplemente, con recortar alguna de esas excelentes reproducciones a dos páginas que publican esas revistas norteamericanas para las que ella posa. No quiero eso. ¿Saben lo que quiero? Que sus ojos despidan desde el cuadro el mismo brillo opalino que les he visto tantas veces cuando se queda horas mirando el fuego. Que sus senos, su vientre y sus muslos comuniquen ese calor vibrante que parece llenar con una aureola el espacio en torno suyo. Que su piel... Me conformaría si solamente pudiera lograr eso -que no sería poco-; si pudiera lograr su piel, la textura de su piel, la suavidad, la tersura extraordinaria de su piel.
Renata se ha despertado, y ha venido a acurrucarse tiernamente a mi lado.
Hace unos días habíamos ido a escuchar a un clarinetista a un club nocturno. El lugar estaba en penumbras cuando empezó a tocar la orquesta. El negro era extraordinario. Tocaba como si en sus manos no hubiera un instrumento sino un animal vivo con el que realizara algún extraño rito erótico y la música surgía como la ondulación colorida del aire alrededor de los movimientos armoniosos de ese rito. Tocaron Mood Indigo y yo que tenía los ojos fijos en Renata vi que las partes descubiertas de su cuerpo habían comenzado a brillar. Un brillo suave, rojizo-azulado, que rodeaba su cabeza y sus manos en pequeñas nubes como de humo que se ondulaban y cambiaban de color graciosamente bajo los impulsos del sonido. Me paré loco de alegría y le pedí a Renata delicadamente que se desnudara. Ella lo hizo. Como ya he dicho, no existían contradicciones entre nosotros. Y apareció bella como una sílfide luminosa... miré a todos con los ojos llenos de lágrimas, emocionado por la magnífica escena que se estaba desarrollando y por mi propia generosidad al compartirla... ¿Qué creen que hicieron cuando reaccionaron de la sorpresa? En primer lugar ninguno de los imbéciles que allí estaban fue capaz de ver más que una mujer que se había desnudado. En segundo lugar, un tipo trajo una cortina y la taparon. Pero el negro que tocaba el clarinete se bajó del escenario y la abrazó llorando. Después me dio un beso. Lo he buscado luego para rogarle que toque para nosotros nuevamente. Pero me han dicho que ha muerto a los pocos días, por un exceso de heroína.
Renata ha vuelto del Mediterráneo con la piel apenas acariciada por un rubor de sol. En el momento que ha llegado la he puesto a posar, porque por primera vez en mucho tiempo me ha comenzado a ganar una ansiedad cada vez más febril por terminar con mi trabajo. Comprendo que eso está directamente relacionado con mi poco éxito hasta ahora y con los apremios de ese maldito cancerbero que se llama tiempo. No en vano la mayoría de los pueblos antiguos identificaban a sus demonios con el tiempo. Gilgamesh pudo cumplir con sus objetivos sólo después de derrotarlo; pero yo soy apenas un mortal limitado y de pronto me he sorprendido pensando solamente en ésto y pensando sin saber por qué en que el tiempo disponible está ya próximo a expirar... y yo no he conseguido terminar mi obra.
Por eso es que ahora la tengo a Renata posando y mirándome tristemente aunque no ha dicho nada. Ella hubiera querido hablar conmigo un rato, hacer el amor quizá y que nos tomemos el día libre después de haber estado una semana sin vernos. Pero es imposible y ella lo entiende. He bajado cinco kilos en los últimos tres meses y yo creo que si esto sigue así voy a sufrir en cualquier momento una crisis nerviosa.
Estoy hecho una piltrafa. He querido suicidarme metiendo la cabeza en la pileta, pero no he podido, porque cada vez que estaba a punto de asfixiarme no podía resistir el impulso que me obligaba a sacar la cabeza del agua. Me he puesto a llorar contra un árbol orinado por los perros y en ese momento me encontró Renata al llegar. Me levantó del suelo, me hizo volver a la casa y me convenció para que vuelva a intentar.
Pintar no es una técnica que se pueda dominar al milímetro como cualquier otra. El pintor va acrecentando su manejo de la línea, del color, del claroscuro con la práctica constante, pero no es este aspecto lo que determina el valor final del cuadro. En realidad una obra de arte es un fenómeno complejo donde confluyen la técnica, la imaginación y la cultura del artista. Sólo que hay un factor que es, en definitiva, lo que dota de ese brillo metafísico que permite diferenciar de una artesanía a una obra de arte. Es un factor misterioso, indefinible, que va desarrollándose o fluctuando en el alma del artista y que vive y desaparece con él. Yo comienzo a pintar un cuadro; tengo en mi mente a veces precisado hasta el detalle lo que quiero conseguir... mis manos mezclan los colores, ensayan pinceladas y texturas sobre la tela... Mis ojos seleccionan del modelo los elementos necesarios para la composición y mi mente procesa y organiza todos esos datos y coordina las órdenes abstractas de mis ideas con las realizaciones de mis manos... Todo ha sido ensayado, meditado y perfeccionado durante años. No obstante, la obra fracasa. ¿Por qué? Porque mi espíritu no ha conseguido apropiarse del elemento metafísico del tema.
¡Lo he logrado! ¡Lo he logrado!... ¡Es ella, indudablemente! ¡Es su piel! ¿Cómo no se me ocurrió antes esta idea? A través de un delicado trabajo de collage, lo he logrado.
La piel de Renata exhala como un aura dorada desde el cuadro. Es suave a la vista y al tacto. Se sabe que es ella y ninguna otra por los siglos de los siglos. Los que contemplen este cuadro una vez no podrán olvidarlo en toda su vida. Pero debo apurarme a mostrarlo. A pesar de que me esmero en mantenerla húmeda con baños de salmuera, la piel de Renata ha comenzado a tomar sobre la tela un aspecto seco, y un tono amarillento, apergaminado.
Córdoba, mayo de 1980.
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