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La remembranza que ocupó mi mente en una noche lluviosa y negra
En la noche oscura no hallé un lugar para posar mi cuerpo. Deambulaba solo con mi perramo antiguo y mi sombrero ancho mojado por la escarcha, en medio de los refucilos. Lloviznaba despiadadamente. Y no hallé un lugar donde posar mi cuerpo.
Las calles de piedra contenían un magnetismo de resplandores supramundanos, tronaban los timbales del firmamento; nubes de humo componían girando retablos gigantescos, sobrecogían las figuras de arcángeles, de ángeles y barbados profetas actuando al fresco contra un fondo negro, desenvolviéndose; daban ganas de gritar -pero mi grito hubiera sido como el chillido de una hormiga en el mar.
El abismo del cielo me había obsedido, como si las profundidades fueran un reflejo de mi propio abismo, un universo sin geometría en el que las relaciones nos dejan inútil el esfuerzo del cerebro: sólo puede uno asistir al drama, ya que siquiera para participar sin condicionamientos se precisa renunciar a la vigilia; allí los elementos no contienen causales ni objetivos; no hay verdaderas separaciones; nada es, sino está, yendo y viniendo pues hoy es profeta y mañana ángel o gigante.
Ella era bajita y pálida... esa noche cuando fui a buscarla la encontré orinando... me encantó verla orinar: lo hacía de una manera tan dulce... Estaba sobreexcitada; me dijo que por un tiempo no volvería a pintar... me dijo que la espantaba el modo como sus cuadros captaban lo que iba a suceder en el plano suprafísico... Pero temo -me dijo-que también expongan nuestras espíritas, y, ¿no estaremos advirtiendo, cuando pintamos, a los lucíferos, de nuestras debilidades no-físicas? Yo creo que es así, le dije y ella me escuchaba con sus ojos grandes, ¡ah, qué grandes y suaves!, pues me amaba y yo también la amaba. Fue la noche en que Poncho, Jorge y yo fuimos a custodiar al Príncipe. Era la ceremonia que se celebraba en la plaza de Santiago Apóstol.
¡Qué hermosa ceremonia...! Inmensos blandones y hachas encendidas portaba la gente. La custodia era honorífica, pero yo le dije a Poncho desenvainemos los espadones pues ya una vez hubo un atentado; -buena idea -afirmó Jorge y lo hicimos y con los espadones enhiestos, sosteniéndolos en las dos manos lo rodeamos, Jorge a la izquierda, Poncho a la derecha y yo detrás del Príncipe. Caminábamos despacio por las armaduras y la multitud. -Cuidado, que el que está aquí al lado es maricón -me dijo Poncho y efectivamente vi que con disimulo había puesto su anémica mano en mi guantelete; no importa, mientras no ponga en peligro al Príncipe, me dije y lo ignoré. Cansado el tipo sacó la mano. Terminó la ceremonia y fui a descansar.
Mientras esperaba a mi amada pensé en su imagen. La vi venir en mi mente, con su vestido blanco volando en el aire, contra la noche. Era particular nuestro amor. No consistía en posesión: yo era un asombro constante hacia ella y no me hubiera importado si le agradaran otros hombres, como a ella tampoco le importaría si yo gustara de conocer a otras muchachas -en caso de que esto sucediera. No había sucedido aún, ni lo esperábamos: este amor era demasiado profundo para eso.
Se me habían hinchado abominablemente los pies por las botas de hierro y casi no pude
sacármelas. Vi con la imaginación a mi amada con su túnica y descalza dirigiéndose hacia mí por las calles desiertas. La plaza estaba silenciosa, oscura y humedecida de rocío. Repentinamente sonó un trueno.
Esperábamos el colectivo para volver a casa.
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