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Astroagonía de Pal
Sienten el mar y selvas ya la saña
Del Aquilón, y encierra su bramido
Gente en el puerto y gente en la cabaña.
Lupercio Leonardo de Argensola.
Inclinado absorto miraba pasar por el río las hojas de sol. Invertebrado el sol de misoginia astral. En eso Fernanda descendió la segunda pieza de la tanga. Pasto rojizo floreció y comenzó a erigirse el símbolo de Pal. Sin embargo la primera pieza permanecía impávida.
Extraña invitación, pensó Pal mas no se inmutó. Sólo su símbolo sobreactuaba. Vibraciones titilantes desprendían las distancias de Fernanda. Trababan los riscos el fleco. Turbaban el recoveco las percepciones temblorosas. Mas no se agilizaban.
Permanecían allí inmóviles Fernanda y Pal, Fernanda con la segunda pieza en sus manos. El pasto rojizo destellaba luz. Burbujeaba el río: un pájaro chilló.
Desde la punta de los pies hasta el hombligoterso, desde allí hasta el esternomastoideo, mas no más por la primera. Neserditambo el rutreto: hay una indeclinable relación entre el calostro y el monte, no pueden analizarse. El símbolo de Pal llegó a su máxima vigilia y tembló.
Sin pestañear la postiza el ojo verdoliváceo lanzó llamamientos de nubilez. Los vados de Fernanda despedían un aroma de almendras y maní con ruhm. Aureolada de fuego roja fruta colmillos ardientes no sonrió: parecía sufrir.
La primera pieza, pensó Pal, por qué no desciende la primera pieza para catar su calostro brillante, bandadas de huacos oscurecían el crepuscular avión. Monos gritaron, los chicos andan jugando a la ronda, el trigue el lión. La primera pieza, pensó Pal, Venus descendió: pero no la primera pieza.
Por qué no me acerca el símbolo, pensó Fernanda, estará conturbado, tal vez deba realizar algo mognatrifidario, o indulvirle el risco... Cambió apenas de lugar un pie con lo que halló el enfoque singular y los vibrantes mensajes mesaron los juncos como brisa estival. Sus meñiques rozaron la segunda pieza.
La primera, pensó Pal, la primera, no la desciende; pero su mirada lo suspendía del monte colorado y vibrador; vigileando, el hombligoterso se henchía. Tal vez deba descenderla yo, pensó Pal, mas puede resultar una transgresión a las gónadas palatinenses y no turgir, se dijo. ¿Turgirá con violencia o flaccirá desalentada al calor? Vana reflexión si no hay contubernios con el hezar.
Los hálitos no decrecían sino parecían ondular el diafragma, los aducnasóidos bienhedían, se tensaba el epitelio.
No me acerca el símbolo, ni siquiera lo ha librado de su única pieza, pensó Fernanda, tal vez el pasto rojizo no esté induciendo agonía. El aletear de las cigarras enfervorizó la oración. Aromas florales ascendieron de la luvegetación.
La primera pieza pensó Pal y mientras eso pensaba la segunda cayó de las manos de Fernanda: se confundió con el césped. No escrapuló la rusta.
Fernanda ascendió las manos hacia la primera pieza y la boca de Pal comenzó a insalivar. Calostro, pensó Pal. Melosandíaco nectiamor. Fernanda descendió la primera pieza al fin.
Turgieron las fresas. Guindas doradas. Ondulaban con dulce sonidos las ondas del río. El césped osciló.
Pal descendió por su parte la sinepática pieza suya y el símbolo respiró en tensión. Errátiles gajos oscilaron al sol.
Desde el horizonte se extendió de improviso una espada de luz. Los hondos álamos dormidos roncaron al sol.
Quedaron un instante asombrados explorando la tunción con la mirada oyente, y los dáctiles tanteos proporcionaron una sutil entonación. Húmedo césped.
Fernanda abrió el vector dorado rojizo y Pal hundió el símbolo delectoserenamente como en un mar. Fernanda apagó delicadamente los verdoliváceos y gimió: Pal pensó: no fatidescendimos en vano la primera pieza. Se limpió el calostro con la lengua: y astroagonizó.
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