El Malamor - Cuentos - Julio Carreras (h)

La mutación de un luchador 

El lugar posee una estructura extraplanetaria. Se distingue bajo la cúpula algo que parece la cámara de experimentación de un laboratorio médico. Soy llevado hacia allí con argumentos que no comprendo pero me arrastran irremediablemente, por el murmullo subliminal de seres ocultos. Me acompañan dos individuos a quienes, si bien no conozco, tengo la intuición de que puedo recurrir cuando se intensifique el peligro. A medida que voy llegando al recinto tubular (una pequeña celda muy alta, de paredes redondeadas, lindante y comunicada con otro local más bajo, de forma rectangular y alargado), a medida que voy llegando me doy cuenta de que en la lucha que se avecina, tendrá un rol preponderante el factor de la voluntad de poder. Comprendo que si consigo dominar con mi voluntad a los hombres que me acompañan (que por otra parte parecen indefinidos, fluctuantes entre la voluntad invisible que gobierna aquello y la mía) si consigo penetrar su psiquis, los acompañantes se volcarán a mi causa. Este debe ser el primer paso -pienso-. 
Sé también que en aquel lugar se realizan extrañas inoculaciones que, por lo general, provocan la muerte o monstruosas mutaciones en los desdichados cobayos humanos utilizados. A mí me llevan hacia allí. 
Pero mi voluntad triunfa justamente en el momento en que van a inyectarme. Con la ayuda de mis compañeros, reduzco al enfermero y me apropio de la jeringa de acero con el veneno. 
Aparece un individuo, vestido con ropas ajustadas y brillantes, del tipo de Flash Gordon; sus rasgos son excesivamente refinados; hay en él una rara mezcla de hombre y mujer. En el acto comprendo que aquel andrógino entraña un serio peligro para mí; aunque no deseo matar, sé que debo hacerlo. Con la inapreciable ayuda de mis compañeros lo apresamos y yo le aplico la inyección. 
El hombre comprende su situación y se deja yacer. Me siento tan deprimido, por estar quitando la vida a otro ser humano... de repente, en una rápida reacción el individuo arrebata la jeringa de mis manos y trata de inyectarme. No lo consigue: volvemos a inmovilizarlo rápidamente. Pero en su forcejeo me ha producido un rasguño en el rostro que me preocupa. Tomo la jeringa vacía y la tiro hacia atrás, intentando dejar de lado mis preocupaciones: "un simple rasguño", pienso, "no bastará para producirme consecuencias". Mientras tanto, el individuo fallece. 
Se oyen movimientos de tropas convencionales afuera. Con mis compañeros tratamos de encontrar algún camino hacia la libertad. Se oyen gritos; están torturando a alguien. Aunque no lo confieso, tengo miedo. Me doy cuenta de que no hay salida. Estamos, por todas partes, rodeados. No los vemos, pero se escucha el ruido de los tanques de guerra y los borceguíes. Los gritos y los golpeteos de botas se acrecientan. Se han dado cuenta de nuestro escape. Propongo a mis compañeros que nos separemos. Tal vez consigamos huir individualmente. 
Después de recorrer pasillos de acero sin ningún fruto, me encierro en un baño, desfalleciente. Me siento sin ánimo de seguir luchando. Y los gritos aumentan. 
Accidentalmente, me miro en el espejo y me horrorizo... He cambiado. Mi rostro ya no es el mío. Me han crecido orejas como de gato y la piel se me ha cubierto de una tupida pelambre blanca. No tengo nariz sino hocico y una estúpida expresión de tristeza se ha apropiado de mis ojos, antes oscuros y firmes. Pienso: ¡la inyección! 
En ese momento, con fragor entra violentamente en mi escondite una patrulla de soldados. Quedamos en suspenso, ellos sorprendidos de encontrarme y yo de su presencia. Después, el oficial que los conduce se adelante y me abraza. Tiene los rasgos de su rostro parecidos a los que yo tengo ahora. Dejando solos a los soldados humanos, nos vamos a tomar un cafecito al casino de oficiales.

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