El Malamor - Cuentos - Julio Carreras (h)

El Monte de Animas 

Armónicas voces de guitarra habían sonado en la oración. Los ranchos, aquí y allá, alejados, deshilachándose en las sombras. 
Y Otumpa anda perdido en el monte. 
Perdido y solo, camina sobre las ramas, bajo un cielo de algarrobos, sombrío Otumpa. 
Los quimiles lo agarran y el puma ronda, los ojos entre los árboles, como fuegos, como dentellada. La tierra enmudece. Sólo se oyen los pasos. La noche manda. 
En la oscuridad han comenzado a levantarse los condenados, los aborígenes que han lamido la bota de los opresores, los que se arrodillaron y hoy trasiegan penando su propia tierra. 
Otumpa camina entre los muertos. Las quishkas lo arañan y el ánima de Segundo Coria no lo deja. Lo roza, lo alcanza, se le adelanta, le susurra: 
-Otumpa, no me olvides. 
A esa hora se levantan los cristianos que han violado el alma de la tierra (caballos han venido, hombrecabayo, para asolar mi destino; sangre, fuego, destrucción, fuego del cielo, corriendo, derramándose en la tierra del Huasán; ya no canta más Padre Yaam; ya no canta más Padre Tonocote, Padre Jurí; en una cruz de fuego la han levantado, la han levantado en llamas a la Orco Maman; Padre Sacháyoj, dónde están tus árboles, dónde las frescas flores que humedecían la piernas del jurí; nada nos queda, llegan caballos, hombrecabayo, sangre, fuego, destrucción, hojas de acero, dientes de león, llanto y luto, dolor, desolación; arden los cielos, hierven los ríos, cerros y montes son un fulgor; trueno del cielo nos castigó; ¡ay de mi tierra, pobres mis hijos!, hombrecabayo ia los juzgó; y mis mujeres, que io quería, abren sus vientres a los infieles, lloran su ruina, bajo las risas del invasor; ¡oh Abuelo del Monte, oh Gran Abuelo de los Esteros, dame la muerte, dame el olvido, haceme árbol, Abuelo Dios!). A esa hora se levantan los cristianos que han matado a los hijos de la tierra, que han carcajeado violando a sus mujeres, que han devastado el suelo del árbol. Godos, ingleses, criollos; hombres sin Dios. 
Se habían oído ecos de voces lejanas. Y Otumpa no tenía ni una caja para espantar las ánimas. Andaba solo, sin rosario ni Cruz ni nada. 
Otumpa rezaba: 

Reina del Cielo 
Madre de Dios 
Prenda adorada 
de nuestro amor. 
Dame consuelo, 
ten compasión, 
que no se apague 
mi pobre voz. 

A esa hora se levantan las ánimas: los indios viejos lo perseguían a Otumpa, llorando, agarrándolo; como de humo eran sus greñas largas, las uñas con pedazos de piel. 
Y Segundo Coria tras de él. 
-Me has matado mal -le decía, compadre, por la espalda. Yo estaba sin confesar. Y ahora ni me rezas un Salve. 
-Yo no hei tenido la culpa -gritaba Otumpa-de tu malnacer... Yo no hei tenido la culpa. Dejame Segundo, ¿no ves que ando perdido?... 
El puma ronda. 
-Dejame, dejame Segundo... el cuerpo me arde y tengo el alma turbia. ¿Qué no ves cómo ando penando? 
Y Segundo callaba. Pero volvían los algarrobos
(Padre del Monte, me has hecho árbol: ¿cuándo termina este dolor? Padre Sacháyoj, te han derrotado, hachas golpean; sangre del bosque, sangre y sudor, máquinas grandes, fuego del cielo, luto y desierto, pena en la tierra del leñador, hacha y fuego, hacha, hacha, ¡tierra de dolor!). Los algarrobos extendían los brazos, le envolvían el cuerpo, le rompían las ropas y eran serpientes que le asfixiaban. Y los sitkis, con sus estiletes que laceraban las piernas; se tocaba la cara y retiraba las manos llenas de su sangre. Quería llorar Otumpa, pero no podía. 
Entonces vio a la Facunda Coria y le hirieron más sus lágrimas que el zarpazo del uturunco que había caído como un grito al corazón. 
El monte era una loca salamanca. Danza afiebrada, giraban los gigantes de humo; blancos enjaezados, blancos con mantos negros, indios ancianos de largo pelo. Y mujeres con trenzas blancas, sin dentaduras, gritando al cielo... Todo giraba. 
Ya ningún bicho se estaba quieto. 
Las retamas aullaban, el viento se encarnizaba en la piel, la noche tragaba los recuerdos. 
Todo giraba. 
Un relámpago en la sien; de nuevo el trueno. Un relámpago en la sien; dientes de fuego. Quiso morir Otumpa y no lloró. 
Creyó caer. 
Pero al fin pudo salir del monte. Pisó la tierra, dura y amarilla. Voces de guitarra, profundas, escuchó. En brumas vio el rostro de su padre, imponente, erecto, delante de él. Después, Otumpa descansó. 


Una tarde apagada de invierno, un hombre joven vino a caer a los pies de mi abuelo que, parado en el patio de tierra, miraba el horizonte. Era Otumpa. Tenía el cuerpo lacerado, la camisa en jirones, con gotas de sangre. Pareció sollozar antes de caer. Mi abuelo sin inmutarse llamó a un entenado para que lo llevara adentro y lo curara con alcohol. Yo, que era un niño, contemplaba la escena asombrado. Otumpa había caminado toda la noche por el monte. Se había extraviado. Era epiléptico y en su extravío le habían dado ataques. Se decía que Otumpa era hijo de mi abuelo, no reconocido. Poco tiempo después de aquello, Otumpa murió. O, por lo menos, sé que lo enterraron. 


Vocabulario 

Quimiles: plantas cactáceas de zonas áridas. 
Quishkas: espinas. 
Huasán: miembro de la comunidad aborigen de los Huasanes. 
Yaam: hombre, en el sentido generalizante. 
Jurí: de la comunidad aborigen de los Juríes. 
Orco Maman: figura femenina mitológica, que custodiaba las riquezas minerales de los cerros. 
Sacháyoj: anciano mitológico; impedía la tala indiscriminada de los bosques. 
Sitkis: plantas cactáceas. 
Uturunco: tigre. 
Las voces usadas tienen origen quichua, huarpe y chiriguano. 


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