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Las cosas que me sucedieron buscando un departamento para alquilar
Silvia es delgada y tiene la piel rosada y sin vello. Es un detalle que me satisface, pues la torna más femenina. Silvia tiene un lejano parecido con esa nueva actriz, Kate Jackson, más en sus formas generales que en sus rasgos. Está desnuda y nos besamos, antes de salir. Luego de besarme ella me dice que está embarazada. Se pone un vaquero y una remera liviana y salimos.
Estamos viviendo en una ciudad de calles angostas y casas de tipo europeo, bien conservadas, con jardines florecidos. El sol del amanecer acaricia los techos y los follajes de los árboles; una brisa delicada mece apenas las hojas y las flores. Caminamos. Al llegar a un cruce de calles, hallamos que el sitio baldío por el cual obligadamente debemos pasar, está totalmente ocupado por lo que parece un puesto de venta de materiales para pintores; hay una gran cantidad de precarios caballetes diseminados por todo el terreno, y en ellos, varios tipos de soportes, de madera, de tela y hasta de corcho, preparados con una capa muy gruesa de yeso y laca por encima.
Un viejo de barba marrón y ojos acuosos me atiende. Me enseña los soportes; noto que me proporciona sus explicaciones de una manera demasiado insistente en lo que se refiere a la bondad de sus productos, descortés, casi amenazante; yo lo atribuyo a un temperamento sanguíneo combinado con su natural falta de educación y le resto importancia a sus modales; pienso que además el viejo gringo esté posiblemente un poco borracho. Me sorprende interiormente el estado lamentable en que se ve la mercadería que este hombre exhibe. Pero no digo nada. Luego de oír un rato al viejo, seguimos. Atravesamos una oscura puerta empotrada en una pared ruinosa y emergemos ante una perspectiva de calles anchas y onduladas que ascienden hacia la ciudad.
Debemos buscar una casa o departamento a donde mudarnos. Yo deseo una casita pequeña, en las afueras de la ciudad (me imagino jugando con mis hijos, en los senderos tranquilos, andando en bicicleta por entre los árboles, bajo el cielo limpio de un fresco atardecer). De pronto me encuentro solo: Silvia se ha ido.
Me hallo en un baile de sociedad, entre gentes con traje de noche. Yo mismo estoy vestido de esa forma. Me han citado allí para conversar con quienes deben alquilarnos el departamento donde vamos a vivir.
Me hallo bailando, en la pista, con una mujer muy bella, lánguida y vaporosa, elegantísima en su sencillo vestido de un tono apenas transparente. Tengo la sensación de flotar; mis ojos me transmiten un tipo de percepción semejante a un travelling cinematográfico de la concurrencia, que se mueve de aquí a allá por el salón entre caobas y cristales, a la manera de los bailes antiguos. Los techos son tan altos y el ámbito tan vibrante que cada movimiento produce la sensación de que va a despertar un eco en alguna parte.
Mi compañera lleva un vestido que le llega hasta los pies, con un buen escote -aunque esto no produce un efecto espectacular pues ella es delgada-. Está descalza. Su cabello en melenita es claro, lacio y sus ojos oscuros, color café, grandes y muy inteligentes. Bailamos un vals; hay mucha gente que danza también a nuestro alrededor. Mientras bailamos, hablamos de las condiciones de alquiler del departamento, porque ella es la esposa del dueño. Su marido conversa animadamente con los demás ocupantes de la mesa -yo tengo un sitio reservado allí-sin hacernos el menor caso.
Nos internamos con Bianca entre las figuras oscuras y blancas de los bailarines. La orquesta está tocando un aire exquisito. Nuestra conversación ha adquirido un tono íntimo; el cabello suavísimo de Bianca me acaricia la piel, sus manos comunican a las mías una vibración honda y sutil, su cuerpo liviano se estrecha contra el mío girando al ritmo del vals; ella me sonríe y yo quiero besarla. Delicadamente aparta el rostro y sin dejar de sonreír me toma de la mano, se separa de mí con un gracioso aire y me dice: "Venga... ya bailamos demasiado...". Encantado con esta mujer, la sigo hasta la mesa. Su marido nos observa divertido. Ella se sienta a mi lado. Se vuelve hacia mí, me mira y con dos dedos me acaricia con brevedad la frente, como si hubiera dibujado un signo allí.
Termina la fiesta y ya hemos arreglado el precio del departamento de una manera muy favorable para mí.
Cuando camino por la calle húmeda, en donde juegan extraños reflejos azulados de la luz de los faroles, empiezo a sentir que un peligro latente me amenaza.
Me encuentro de nuevo con Silvia al lado de mí, los dos vestidos de esport, acomodando los muebles y bártulos en el departamento. Es el día de la mudanza. El departamento es hermoso, aunque de estilo antiguo, muy amplio, en el primer piso de un edificio. Sobre el patio interior, adornado con plantas en macetas, un inmenso cielorraso deja pasar la luz del día. El edificio se ha construido de tal modo que los tres pisos coincidan en sus diseños, lo cual da por resultado que por haber sido hechos uno encima del otro, todos sus patios gozan de la luz del sol a través de los vidrios de los techos.
Es un departamento grande y cómodo, pero no estoy del todo convencido de que me agrade. Silvia acomoda paquetes y desarma otros, mientras yo voy colgando los cuadros. El peligro que nos amenaza sigue latente. Silvia me mira y comprendo que ella ha pensado lo mismo que yo. Sin cruzar palabras decidimos ignorar la amenaza y seguimos con lo nuestro. Salimos al patio a tomar un descanso.
Pienso, con nostalgia, en mis deseos de tener una casita en las afueras donde jugar con mis hijos; me pregunto si los chicos podrán tener libertad de movimientos en este edificio cerrado y tan cerca del tránsito de los automóviles. Miro hacia la calle; por todos lados, edificios. Me consuelo pensando que no son muy altos -ninguno pasa de los cinco pisos-ni muy modernos. Y que, después de todo, aun no tengo hijos.
Repentinamente, se derrumban sobre nosotros los techos de vidrio y las estructuras de todos los cielorrasos, y nos matan.
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