El Malamor - Cuentos - Julio Carreras (h)

Incidente nocturno 

He salido con mi amigo Carlos Sánchez y regresamos de madrugada. Las calles están desiertas. Tenemos cita con unas chicas luego, pero debemos regresar antes a casa para cambiarnos de ropa y sacar efectivo. Atravesamos las calles en medio de la noche, que está nublada y difunde un claror verdoliváceo por sobre los edificios. 
Nos encontramos con una muchacha de rostro preocupado, que nos detiene y nos dice: "Hay un niño enfermo en vuestra casa". Vamos hacia allá, preocupados ahora también nosotros y un agente de policía nos dice al llegar que está en el subsuelo. Bajamos. Hallamos -en su pulcra cama con sábanas verdes-a Guillaume de Saint-Thierry. El sostiene entre sus brazos, sobre la cama de patas cortas y sábanas verdes, a un niño negro. El niño está muy flaco y tiene la espalda cubierta por multitud de granos purulentos. Siento que me da un vuelco el corazón, pues sé muy bien que esa enfermedad es gravísima. 
Me propongo encontrar un médico inmediatamente para salvar la vida al niño. Tira de mí interiormente la cita concertada con las mujeres, pero me impongo ocuparme de la salud del niño ante todo. Salgo a la calle, un poco desorientado pues no sé a qué médico acudir, a esa hora. Hay un muchacho de anteojos oscuros, con chaqueta rosada y peinado punk, que camina en sentido contrario al policía por la vereda. Me mira, como si hubiera estado esperando encontrarme: 
-¿Usted es médico?-le pregunto. 
-Sí. Acabo de egresar de la facultad-me contesta. 
Entonces le detallo las características de la enfermedad del niño y le pido que diagnostique. Así lo hace y me receta unos remedios. Entonces, le solicito el dinero para comprar los remedios pues no tengo ni un peso. Un poco avergonzado, el muchacho saca algún dinerito del bolsillo y me lo ofrece, con la mano extendida. 
-¿Hay una farmacia en la esquina, no?-le pregunto. 
-Así es-me contesta. 
-Entonces, por favor, vaya usted a comprar los remedios -le digo-, pues mi amigo Carlos Sánchez se ha desmayado y a Saint-Thierry no se lo puede molestar: de tal modo soy el único que puede quedarse a cuidar al chico. 
El muchacho obedece y yo bajo al sótano nuevamente. Después, todo desaparece, y yo también.

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