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La idiota
Joselina merodea en los alrededores de Córdoba. Por el centro no: la corre la policía. Tiene veinte años y es retrasada mental. Es muy linda -piernas largas, pechos turgentes-pero tiene un olor a orines y a mugre que se siente a tres metros. Los pelos llenos de piojos, con nudos enterronados de tanto no peinarlos. Pese a ello, los muchachos se aprovechan -es sabido-y después le dan diez pesos para pan. La Providencia se apiadó de ella, pues la hizo estéril.
Marcelo, es un hombre ordenado. Agente de Propaganda Médica, no se casó por miedo a quebrar ese orden, que ha logrado al independizarse de su madre, hace ya quince años. Tiene cuarenta y es buen mozo, condición acentuada por su facilidad de palabra.
En los merodeos de Joselina -huérfana desde siempre-Marcelo la ha visto muchas veces. Y ha elaborado un plan. Hombre metódico, no ha querido llevarlo a cabo sin un estudio previo. Por eso es que todas las tardes, desde hace unos meses, busca a la deficiente hasta hallarla y la observa. A veces se acerca, le da unas monedas, habla con ella.
Se ha decidido ya: es dócil a toda prueba (ha visto a chicos apedrearla y a ella quedarse impávida, atinando apenas a atajarse). La va a hacer su compañera.
La habla una vez más y le propone llevarla a su casa. La idiota, quizá sin comprender, sólo atina a repetir varias veces:
-¿A tu casa? ¿Me vas a dar comidita?
Tal vez intuye también que el hombre ha de requerir la parte aquella de su cuerpo, que ella asocia con la obtención de comida.
No se equivoca. Pero esta vez van a suceder cantidad de cosas nuevas. Marcelo ha contratado a un mujer que la baña, le corta las uñas y le hace un servicio de peluquería. La mujer piensa que debe tratarse de un loco, pero hace el trabajo: él ha pagado por anticipado y sin regatear.
Cuando vuelve con el pollo para la cena, Marcelo se siente satisfecho. Ha acertado plenamente: Joselina es una bellísima mujer.
Restablecida por la experta en belleza, impresiona. Tiene ojos verdes, que en contraste con sus bucles rojizos, producen asociaciones gratas en las ideas. Los labios, finos y elegantes, lucen pintados. Bajo el vestido juvenil -hombreras frisadas, cintura angosta, faldita acampanada-las piernas hermosas escapan, ahora limpias de vello, enfundadas en suaves medias con dibujos de abejitas. Joselina huele a esencias de jazmín.
Después de la cena, se van a la cama. Y Marcelo no se decepciona. Joselina es tal como él la quería: dócil, tierna e infantil.
Se adecua rápido a esa forma de vida, la muchacha. Ahora tiene todo: comida, ropa limpia y juguetes. Dos veces por semana, viene la fámula, que deja brillando la casa y lava. Ella no tiene que hacer nada. Sólo recibir la vianda, servirla en los platos y atender al hombre en la cama.
Fuera de eso, todo el día juega y ve televisión.
Marcelo está contento. No le gusta salir y se queda con ella los fines de semana. Ha aprendido muchas cosas Joselina, de lo que él le enseña y de la televisión. Ella aprende por imitación. Además tiene habilidad manual: copiando de lo que ve, ha armado casitas de cajones y un molino con hierros viejos. Marcelo le compra herramientas, meccannos y juguetes. No le gustan las muñecas. A él no le importa. En lo esencial ella hace lo que le agrada. Le ha enseñado varias cosas, en lo sexual -incluso algunas prohibidas por la moral común-y Joselina lo ha complacido.
En lo demás, es una ideal compañera. Habla poco, no contradice y está siempre dispuesta a lo que se le pida. Exactamente -piensa Marcelo-al revés de mi mamá (que por suerte está lejos).
Joselina ve televisión y aprende. Le agrada reproducir, cuando está sola, los gestos de las actrices. A veces, con Marcelo, practica escenas de besos.
El tiempo pasa lánguido y dulce. Llega un nuevo otoño y ya hace un año que están juntos. Son una pareja feliz.
Un domingo a la tarde se quedan junto al fuego viendo televisión. Ella en el suelo, como una gatita, Marcelo en el sillón. Es raro, porque a Marcelo no le gusta la tele. Pero esta vez pasan un programa especial: "Robespierre y Dantón".
Joselina se interesa poco por el asunto. Hay unos diálogos muy largos y multitudes que gritan. Está por adormecerse, cuando una escena le llama vivamente la atención. Un hombre bocaabajo y una hoja alucinante que cae. Después, la sangre roja y el hombre sin cabeza. Joselina queda encantada.
Sigue mirando toda la película, por si se repite la escena. Se repite casi al final, otra vez alguien se acuesta allí, nuevamente se ve el brillo fugaz del acero, brota el líquido rojo, el hombrecito se queda sin su cabeza. Se le dilatan los ojos verdes a Joselina y se dibuja en sus labios una sonrisa.
En los días siguientes, un solo afán lo ocupa: fabricarse un artefacto igual. Marcelo la observa, distraído, cuando regresa del trabajo y se siente tranquilizado pues ella siempre encuentra ocupaciones. La ve armando una especie de marco, con tres maderas clavadas sobre una butaca. Después se ha puesto a manipular con arandelas y unos cables. Se olvida de ella, pensando en unos documentos que debe levantar.
Le falta la hoja nomás para terminar el juguete, a Joselina. En el tallercito que le ha construido Marcelo, revuelve los cajones, pero no encuentra el objeto apropiado. Por cuidarla, él ha evitado proveerla de instrumentos filosos.
Una noche, mientras acomoda los platos luego de la comida, lo encuentra. Es un cuchillo fiambrero, de hoja anchísima, pareja, que cuelga de un gancho en un costado.
Esa noche, Joselina se queda hasta muy tarde tratando de acondicionar el aparato. Le ha puesto un almohadón mullido sobre la banqueta, para apoyar la cabeza. Ha adosado al gran cuchillo un hierro atado con alambre a los dos mangos, sobre el lomo, para hacerlo más pesado. El problema es que caiga sin desviarse, por los rieles.
Por fin, lo consigue. El juguete está terminado. Falta, solamente, probarlo.
Marcelo duerme, profundamente, en su lecho blando. Entre sopores, siente que Joselina le pide, con voz melosa, que se corra un poquito hacia atrás. Con pensamiento brumoso supone que ha bajado la cabeza de la almohada y ella desea ubicarlo bien. "Me cuida...", se le ocurre, sin abrir los ojos y se corre hacia atrás. Siente las manos tibias y perfumadas que le acomodan suavemente la nuca, sobre una blandura de plumas. Después, siente que ella lo besa en la frente. Se duerme.
La hoja cae con precisión. Joselina observa, feliz, el líquido rojo que brota, y después, el hombrecito sin cabeza.
El juguete ha resultado perfecto. Igualito al de la televisión.
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