El Malamor - Cuentos - Julio Carreras (h)

Hijo de poeta 

Una humedad de siglos. Paredes que se adivinan pesadas y cubiertas de limo. La inmensa catacumba está dividida por rejas de barrotes gruesos, más gruesos aún por la capa de óxido áspero que se ha formado encima. Rejas, que se abren sólo para entrar... o para salir hacia la muerte. 
Ahora un resplandor rojizo ha comenzado a filtrarse tenuemente, se oyen, apagados, alaridos lejanos y de vez en cuando se pueden adivinar por un rápido entrecruzarse de sombras en el ventanuco, los pies de alguien que pasa corriendo por la calle. Hay un retorcerse de figuras difusas, un movimiento como de gusanos gigantescos que se arrastraran quejándose; se oyen murmullos breves, apenas humanos, alguna voz lejanamente femenina o masculina que pronuncia una frase como emparchada en la oscuridad, como si quien la pronunciara estuviera convencido de que es tarea inútil y se apurara a terminar. Después, de nuevo el silencio. 
-Pero, lo que no puedo entender aún, es cómo llegaste a conocerla-urgió el viejo. 
-Tienes razón. He comenzado mal mi historia. Para que la entiendas, tendría que haberte contado primero quien soy yo-dijo Lucrecio, con la voz pausada de uno que ha perdido para siempre los apuros. 
-Mi padre-continuó, mi padre solía decir, al ver mi cuerpo abrillantado por el sudor en los ejercicios gimnásticos, que yo había nacido para la guerra y no para el laúd. 
Pero la tradición -y el escaso poderío económico de mi familia-, determinaba que yo debía ser poeta. Un poeta muy especial, es cierto. Pero un poeta, al fin. Todo mi ingenio y mi gallardía física, debían servir sólo para granjearme los aplausos de los poderosos durante sus banquetes. 
"No estoy desconforme con la vida que he llevado como aedo. Al fin y al cabo resulta una profesión no tan riesgosa como la de un capitán y muchas veces mejor recompensada. Te aseguro que puedo hablar, con mayor propiedad que muchos generales del imperio, de sus propias viñas, del fruto de sus huertos y hasta de sus mujeres. Pocos han sido los lechos ennoblecidos por el poder de la sangre o el dinero que no hayan acogido, aunque subrepticiamente, a este cuerpo y pocos los secretos de estado que no se hayan deslizado en mis oídos, susurrados por algún amoroso labio femenino. Mas, como dijo alguno de esos sabios hebreos cuyo nombre no me acuerdo, cierto es también que "en creciendo el saber crece el dolor". Las cosas conocidas en mi tan agitada existencia, a la par que pesadas para mi espíritu, han servido finalmente sólo para precipitarme en el dolor y la miseria. 
"Ella era la esposa de un cónsul plebeyo; de los llamados `tribunos del pueblo', que por esos tiempos había conseguido amasar una fortuna inmensa. Era bella.. sobre su frente pequeña caían delicadamente descuidados algunos mechones del cabello fino, castaño como la miel. Sus labios, entreabiertos permanentemente, eran como una herida en una fruta roja, húmeda, incitante. Todo su rostro, con un óvalo imperfecto y una nariz pequeña aunque no bella, producía una sensación entre sensual y adolescente que perturbaba los sentidos. Su cuerpo era el de una sirena nacarada. Sólo sus ojos, sus ojos verdes, transparentes, tenían algo, un no sé qué de discordante. En instantes en que ella parecía descuidar su vigilancia despedían un brillo que hería como un puñal y rápido como él, desaparecía. 
"Fue durante un banquete, en palacio del cónsul Licio Escipión, que la conocí. Había asistido el Emperador y la orgía fue tan memorable que aun hoy hay quienes la recuerdan con nostalgia. En esos tiempos era nota de excelente tono contar con mis servicios de aedo en toda casa que se preciara de exquisita. Ella no había sacado sus ojos de mí durante toda la actuación y la vi inclinarse al oído de su viejo esposo antes de que me invitaran a compartir su mesa. De allí a convertirme en un asiduo de las veladas en su palacio, hubo un paso. No transcurrió mucho tiempo tampoco antes de que conociera su delicado lecho. El cónsul era un hombre intensamente ocupado en sus ambiciones políticas y las obligaciones lo llevaban con frecuencia a ausentarse de su hogar por largos meses. Además -según ella me confió-, no era potente. 
"Yo no era su único amante, lo sé. No podría haberlo sido nunca. Como si adivinara que su vida no iba a ser muy larga, la dominaba una especie de fiebre posesiva, que hacía desfilar por sus recintos perfumados a casi cuanto varón hermoso se cruzara en su camino. Pero, quizá influida por mi condición de artista, parecía yo ser el único que gozaba realmente de sus favores. Me colmaba de regalos, gemía entre mis brazos transportada en largos éxtasis y me confiaba sus más íntimos secretos. Debo reconocer que no había conocido hasta entonces placeres tan sostenidos a intensos. Creo que la amé. 
"Pero la fatalidad es para los hombres como la sombra a los objetos. ¿Y puede acaso alguno librarse de su sombra? 
"Un día tembloroso y gris ella me dijo que había quedado embarazada. El cónsul no quería reconocerlo y estaba en su derecho: todo el mundo sabía que él no era capaz de dar un hijo a nadie. La vergüenza iba a caer sobre la casa. 
"Anduvo como poseída algunos días; comía poco y casi no dormía. Hasta que de pronto pareció haberse liberado de sus preocupaciones; una serenidad semejante a la indiferencia despejó su rostro. Yo creo que en aquel momento decidió mostrarse definitivamente como lo que siempre había sido en el fondo de su corazón: una mujer ambiciosa, dura como el pedernal y decidida a conseguir sus objetivos personales por encima de todo. 
"Desapareció por quince días (después supe que había ido a Delfos a consultar al oráculo). 
-Todo ese asunto de los oráculos es una patraña que sirve solamente para enriquecer a los sacerdotes-interrumpió el viejo. 
-No sé. Lo cierto es que a causa de ese oráculo cambió la historia del imperio. 
-Bueno, ¿qué fue lo que le dijo?-preguntó el viejo, ya picado. 
-Espera, ¿te conté que ella estuvo una vez a punto de envenenar a su propio padre? 
-¡Eso no me interesa! ¡Cuéntame lo que le dijo el oráculo! 
-Bien. Si así lo quieres... 
"cuando habló por primera vez, el oráculo dijo que haría falta un sacrificio; el del padre del niño. Si esto se cumplía, auguraba un futuro de gloria para el que estaba por nacer. Pero en vez de una solución, esto fue un mayor problema. ¿Cómo iba a saber ella quién era el padre? La habían amado tantos... 
"El oráculo habló por segunda vez y dijo: 
`Aquél que, invitado a cenar a tu palacio, en tomando el licor, cuya fórmula te será entregada por mis monjes, se formare sobre su cabeza una aureola, es el padre de la criatura'. Y enmudeció. Los monjes, que habían estado oyendo, la proveyeron del brebaje, no sin apelar a la generosidad de la dama y recibir una abundante contribución para el santuario. 
"Uno a uno fueron desfilando por la mesa de la bella sus amantes. Ninguno recibía sobre sí la aureola. La mujer ya desesperaba. 
"Hasta que una noche -según me enteré después-, estando yo divirtiéndome y jugando a los dados con su marido el cónsul, nos ofreció el licor, que recuerdo sólo por su extraordinaria exquisitez. Parece que la aureola se formó inmediatamente. Sólo que de tal manera, que fue a abarcar mi cabeza y la del cónsul... 
"¿Qué significaba eso? ¿Que debíamos ser sacrificados los dos? Ella anduvo algunos días meditando sobre este enigma. 
"El cónsul, amaneció un día dormido para siempre sobre su lecho. Se lo enterró con los honores que correspondían y su viuda se convirtió en una de las mujeres más ricas del imperio. 
"Yo imaginé la causa de la muerte del cónsul, pero ignorando que mi vida peligraba igualmente, me hice aún más íntimo de la rica viuda. 
"Nació un varón. Sus ojos y su pelo eran iguales a los míos. Pero sus labios tenían, ya desde la cuna, ese rictus extraño que lo hacía tan parecido a su madre. (Ahora que conozco la historia entera, me estremezco al pensar en esos tiempos). Por causas que no tengo bien establecidas, ella decidió en su fuero interno postergar mi ejecución por algún tiempo. 
"Cuando se casó con el emperador -un casamiento que escandalizó a muchos-yo fui el encargado de educar e iniciar en las artes musicales al pequeño. Creyéndome un agraciado por la fortuna, sin imaginar ni lejanamente el designio nefasto que sobre mí pesaba, dediqué todos esos años a perfeccionar mi manejo de los instrumentos y a gozar serenamente los deleites que la corte ofrece. 
"Hasta que un día -¡ay, de memoria execrable!-fui apresado y echado aquí donde me ves. Mi alumno era ya un joven educado; no se precisaba más de mis servicios. Se me dijo, como única respuesta a mis sollozos, que iba a ser echado a los leones. 
"Pero estaba en los códices de los dioses que no se cumpliría esa sentencia. La muerte del emperador postergó toda otra cosa que no fueran sus fastuosos funerales. Y al poco tiempo, ella misma le siguió los pasos... ¡asesinada por su propio bastardo! 
"Como podrás imaginarte, ya encumbrado, él se olvidó de mí. Y aquí me tienes, medrando junto a ustedes en este infierno tenebroso y frío. Más me valdría que me hubieran devorado los leones!". 
Los hombres callan. Afuera el resplandor ha crecido, hasta convertirse en una potente luz rojiza que llena con una claridad fantasmal la catacumba. Ya casi no se oyen las corridas, y sólo de cuando en cuando algún alarido lejano interrumpe ese ruido incesante, como un crepitar de madera bajo el fuego, que no ha dejado de escucharse ni un momento. El viejo recorre con la mirada los rostros flacos, sucios de horror más que de fango, que miran fijamente la ventanita desde donde se difunde el resplandor y de pronto se vuelve hacia Lucrecio, como si se hubiera hecho la luz también en su cerebro: 
-Pero... no me dirás que él... que él es... 
-Has acertado. El es: 
El que tañe la lira, mientras arde Roma. 

Sierra Chica, Olavarría, provincia de Buenos Aires, invierno de 1978.

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