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El griego
Era un hombre solitario que caminaba por una extensión extrañamente pelada, atravesada por rayas paralelas que parecían juntarse en el horizonte sobre el suelo ocre. Se abría un cielo inexistente, como un gran espacio vacío. Era un hombre joven, iba semidesnudo; debía de haber sido un asirio, pues llevaba el vestido breve de aquellos pueblos y una espada corta al cinto. Caminaba lentamente, concentrado en la búsqueda que acometía.
Al llegar a un lugar del campo, comenzaron a aparecer, esparcidos en el suelo, almanaques. Levantó uno y lo miró: eran almanaques pequeños y bien impresos con números arábigos. Sus hojas estaban prolijamente plastificadas, cada hoja contenía los días de un mes, con los feriados en rojo; las tapas, de plástico grueso, formaban un pequeño libro azul y brillante.
Emprendió el regreso, con su trofeo. Era tan consciente de cada instante que la soledad del campo y su unicidad, el objeto que llevaba entre las ropas, la espada y sus sandalias, todo concurría de una manera extraordinariamente sensible a la escena que vivía. Es una forma de conciencia que consiste en sentir todas las sensaciones de la manera más intensa y al mismo tiempo no sentir, colocarse mentalmente en algún lugar alejado, a lo lejos o arriba y desde allí contemplarse. A la vez, se trata de una vivencia de carácter tan interior, que el hombre que la practica produce una impresión exterior de indiferencia o distracción.
Caminaba, entonces, de regreso con su trofeo. Con él llegó a un palacio de piedra con columnas gruesas en el pórtico, donde lo esperaba un grupo más o menos numeroso de personas. Eran todos semitas. Sobre el fin de la escalinata estaba el padre de la mujer que él había venido a reclamar. Era un hombre de frente tan ancha que casi consistía ya en una calvicie; la barba suavemente rizada y recortada le aureolaba el rostro sin continuarse en bigote. La madre y las domésticas rodeaban a la doncella, como para afirmarla ante lo importante de la situación. La doncella era hermosa, con esa belleza un poco cargada de carnes pero sumamente sensual de los clásicos, rubicunda, de piernas perfectas y pies adorables.
El asirio iba a desposarla.
El momento era intenso, cargado de temores. Por una legislación vigente, el primer vástago de los matrimonios debía ser una mujer. Se consideraba a la mujer como la verdadera garantía de la continuidad de la estirpe.
¿Serían ellos capaces de tener una mujer como primera hija?
2
La bella mujer semita quedó embarazada. A los nueve meses, parió un varón.
El asirio sintió que su corazón se llenaba de pánico. Iban a matar a su primer hijo. La ley ordenaba esto: si el primer vástago no era mujer, había que eliminarlo.
Era hombre de guerra, pero no pudo evitar que la humedad subiera a sus ojos.
Mas en su fuero interno tomó una decisión:
Iba a huir. No permitiría que asesinaran a su hijo.
Extrajo su espada de pedernal. Estaban presentes la partera y un enviado del templo (así se estilaba, para evitar ocultamientos).
-Yo mismo lo mataré-dijo. El enviado del templo sonrió tristemente, asintiendo.
Pero veloz como un rayo, el asirio hundió el filo primero en el sacerdote y en la partera luego.
Cargando en brazos a su mujer la instaló en una carreta y con el niño escondido en una cesta, salieron.
Cruzaron la frontera disfrazados de mercaderes fenicios.
3
Desde Fenicia precisamente, lograron embarcarse en el velero que los alejó definitivamente del imperio.
Al pasar por el estrecho de Escila y Caribdis casi naufragan. La pericia del capitán logró eludir los peligros y sintieron la obligación interior de inmolar generosamente a los dioses, luego.
Por fin, llegaron a tierra firme. El lugar tenía un aspecto deprimente: era árido, amarillento y erizado de duras montañas. Les dijeron que a esa región llamaban "Grecia".
4
Era un pueblo de pastores y labradores, toscos como su paisaje.
El asirio y su mujer semita, hijos de culturas milenarias, añoraban el refinamiento de su civilización y sus comodidades. Pero no habían tenido alternativa. Para salvar la vida de su primogénito renunciaron a todo aquello y se instalaron en este lugar inhóspito, desconocido.
Pronto se convirtieron en personalidades destacadas. Muy joven -tenía veinte años-el asirio fue invitado a integrar el concejo de ancianos y notables.
El pequeño ejército aprendió técnicas nuevas del poderoso asiático, que además era el de mayor estatura en aquella población. Lo designaron general.
La mujer semita enseñó a las hijas de las aldeanas a manejar el telar.
El niño creció vigoroso e inteligente.
Cuando llegó a los quince años, su padre le entregó aquél raro objeto que había hallado al cruzar el desierto, antes de su desposorio. El, a su vez, se lo regaló a su novia Penélope, una de las alumnas de su madre.
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