|
Dulcinea
Ya
otra vez vi aquesto mesmo
tan clara y distintamente
como ahora lo estoy viendo
y fue sueño.
Calderón de La Barca.
¡Ah!... ¡Qué hermoso día ha sido hoy!... Entre los trigales, ha amanecido, y yo he visto sus pies blancos, sus pies pequeños y largos con dedos como gorriones recortarse contra el rosado verdor de los montes... Amaneció sobre los verdes valles y sus manos revoloteaban, como palomas gráciles, en mis manos... ¿Qué brillo es el que despidieron nuestras almas?
Sus pálidos labios, dorados, frescos, poniente se va y en sus ojos hay una tenue pena... Me deja sonriendo y triste; nada dice... ¿Qué puede decir? O: ¿para qué decir? Pluguiera a Dios que nunca dijéramos nada con sentido. Hay en el brillo de su labio tal burbujear de nubes blancas que mi espalda a la altura de la nuca se distiende y reflexiona al sol celeste contra el extenso cielo. ¡Ah, qué hermosos momentos! Qué amplio y deslumbrante día interior, el de hoy día...
Dios se manifiesta como una suave brisa y los sonidos se escuchan amortiguados a lo lejos... Canta un pájaro, meticuloso, uno a uno, los semitonos de su escala... Tras el preludio se complejizan los arpegios, cobran vuelo (sus manos, oh sus manos están pulsando distraídas las dulces cuerdas del arpa). Todo sueña a nuestro alrededor y despierta el día.
A través de las leves gotas puede percibirse el ronroneo de una libélula casi transparente que amamanta a su hijo. Mi ego mama también, sólo eso y es suficiente para que ella me mire. Con el astro en el cenit, almorzamos entre la hierba, como suelen los ángeles; con poesía... Me entiendes perfectamente, me escuchas sin interrumpirme, ah, jamás hallé una muchacha que me elevara como tú, mi Dulcinea... ¿Por qué has guardado tu aurora? Ah, ya comprendo, ya sé por qué ríes enternecida... Del mismo modo hubiera sonreído Juan L. Ortiz, tus pestañas son como uno de sus versos; no tienes una belleza fácil niña de los rocíos y qué larga fila de helechos rojinegros y cipreses y lapachos y amarantos y malvones... Entre él, mi padre y el jardín había una lucida fila de ligustrillos que eran mi alegría... caminar en medio de ellos semejaba franquear una guardia de honor hacia donde se hallaba sentado mi abuelo en su sillón de madera como una firme estatua rosada llena de vida...
La exquisita laxitud de tus piernas insinuándose bajo la camisola blanca, hundiéndose en tu vientre terso, tu cintura esbelta, rodeada con un cintillo de alelíes... De tus cabellos lacios emanando un aroma a madreselva. El tiempo transcurría sin que nos diéramos cuenta, o mejor dicho, con tal conciencia que sorbíamos cual gotas de ambrosía cada instante de su vuelo. Oh, no te lamentes de los minutos sin labios mi estremecida Dulcinea, mira las flores a tu alrededor y abandónate en mis brazos...
A lo lejos la dulce voz de un trovador menciona tus pies y en su canción hay sabor a calostro tibio... Tus pies han hecho felices mis sueños y soñados mis momentos. Al llegar la oración me voy, tranquilo, contento. Sé que por las noches duermes en calma, bajo la escrupulosa vigilancia de todas estas cruces.
|