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El casamiento
Asistí a una misa monumental. Los sonidos del órgano anegaban la gran construcción gótica, con paredes de piedra basta. La iglesia estaba casi llena. Flotaba en el aire una sensación de majestuosa y solemne alegría.
Salí de la iglesia y caminé por las calles que rodeaban la plaza. Había un agradable perfume a hojas en el ambiente otoñal. Mientras caminaba por entre la gente fue que me encontré con el Boogie. Se alegró de verme y luego de preguntarme si tenía algún compromiso esa noche, me invitó al casamiento de una de sus primas. Iba a ser de gala. Acepté, pensando que tendría que ponerme el esmoquin.
Nos internamos por una de las galerías comerciales y allí nos separamos. Me encontré, en un local de arte, con la hermana de uno de mis amigos, pintor. Hablamos acerca de su hermano. Me dijo que aunque tenía gran cantidad de material, no pintaba ahora. Le contesté que tal vez como hacía mucho que no estaba conmigo, eso lo habría desactivado (sabido es que un artista produce más cuando tiene algún colega trabajando en sus cercanías; los intercambios de dibujos, hallazgos plásticos o conocimientos que se generan favorecen la labor del pintor). Ella dubitativa musitó que tal vez fuera así. Le pregunté dónde estaba su hermano. "En otro local, por aquí cerca" me dijo y la invité a acompañarme para verlo. Cuando llegamos, él estaba preparando sus elementos para comenzar a pintar.
Me impresionó la cantidad y la calidad de sus pinceles: eran de una marca nueva y el tipo de medio mismo era novedoso; no era óleo, ni acrílico, aunque poseía una consistencia similar a este último. A su lado, sobre una banqueta de patas largas, lucía una pila muy grande compuesta por revistas norteamericanas, impresas sobre excelente papel. Tomé algunas de ellas en mis manos y las hojeé: deslumbrantes fotografías de mujeres desnudas me salieron al encuentro desde sus páginas. Le pedí a mi amigo que me prestara algunas. El me miró como si hubiese dicho algo ridículo. Luego, dirigiéndose a su hermana, dijo: "¡qué te parece! Pretende que le preste las revistas!". Y mirando nuevamente hacia mí: "no las presto".
En el momento en que decía "no las presto" se transformaron sus facciones y ya no fue mi amigo el pintor sino mi prima Estelita. Me sentí molesto y me retiré. Al ver la transformación me había explicado su mezquindad; mi prima Estelita pertenece a una familia de tacaños por vía materna. Salí nuevamente a las calles ya anochecidas.
Caminaba todavía rumiando esa cuestión de mi prima Estelita, cuando, al doblar en la esquina de las calles Mitre e Independencia -una calle empedrada-, me encontré otra vez con Boogie, que con un grupo de amigos se dirigían evidentemente a la fiesta. El me reconoció con alegría y me abrazó; nos tomamos de las dos manos -yo había pasado mi brazo izquierdo sobre su hombro; así, tomaba su mano izquierda por encima del hombro y su derecha al costado con la mía-; de tal modo caminamos, felices y contentos junto a la barra de amigos. El vestía esmoquin blanco e iba bien perfumado, lo cual me recordó que debía cambiarme de ropa. Yo llevaba un saco negro de corderoy, con tablas, estilo siglo XIX, pantalón marrón oscuro de terciopelo salvaje y botas. No estaba mal vestido, pero tampoco era atuendo para una fiesta como aquella. Caminamos por una cuadra así; él me dijo que ya iban para el casamiento. Cuando nos separamos, en la calle 27 de abril (donde tenía sus oficinas mi padre), me recomendó con insistencia que no dejara de ir a la fiesta, invocando su nombre en la puerta para poder entrar. Ahora bien, se me presentaba un problema grave, pues yo no sabía su nombre ni su apellido, sino sólo su apodo: "Boogie" (por el aceitoso). No me atreví a preguntárselo en ese momento, por temor a incurrir en descortesía. Ya me imaginé la fiesta, con mesas largas cargadas de manjares, la torta, como una torre asiria y la cantidad de hermosas muchachas desplegando sus galas y listas para salir cuando uno las invitara a bailar. Pero había el problema de que si no sabía el nombre de Boogie me iba a ser imposible entrar.
Decidí no preocuparme. Me había sucedido antes, pensar demasiado en una cuestión, amargarme por anticipado y después resultaba que el asunto no me importaba tanto en realidad. Estaba viviendo un momento atmosférico muy bello; había quedado nuevamente solo; el cielo, iba adquiriendo tonalidades violáceas, moradas, con girones blancos de nubes arreboladas cruzando de un lado a otro el fragmento visible de la bóveda. Entonces apareció ella. Eramos... ¿amigos?... fuimos a cenar juntos; le conté el tema del casamiento y ella hizo un mohín de reproche; pero no tenía derechos sobre mí -por una mirada mía ella lo recordó-, así que la cosa no pasó de eso. Cenamos tranquilamente, hablando de la película "El nombre de la rosa", a la luz de las velas. Luego salimos a caminar por el parque. En medio de la floresta, sentí deseos de ir al baño, así que me disculpé por dejarla sola un momento y lo hice. Pero ella me siguió sin que yo lo advirtiera. Era un retrete de campaña, cuatro paredes sin techo y unas canaletas estucadas. Cuando estaba empezando a orinar, ella se acercó a mí por un costado y tomándome con suavidad de una mejilla, depositó sus labios abiertos sobre los míos, dejándolos descansar allí en un largo beso.
Continuamos contentos con el paseo, pero cometimos el error -por curiosidad-de introducirnos en un lugar que se asemejaba mucho al patio de una cárcel. Antes de que pudiéramos huir, alguien conocido me llamó desde un grupo que deliberaba allí. Me invitó a participar de la discusión y no pude evitarlo. Era una reunión desagradable, en la cual se debatía el tema de un antiguo enfrentamiento que tuve con algunos de los allí presentes. Pedí la palabra y hablé para decir que mi posición era inalterable. Advertí a quienes me criticaban que no me desafiaran; que si bien era un hombre de paz, podía ser un temible enemigo si me lo proponía. La conversación fue subiendo de tono, hasta un punto en que ya no se entendía nada por la gritería. Entonces aparecieron los vigilantes, y haciéndonos formar fila de a dos, nos subieron en el camión jaula y nos llevaron a todos al casamiento.
En mi celdilla me iba imaginando las bondades de la fiesta. Seguramente servirían champán. Qué bellas muchachas debía haber, pues la clase media bonaerense las posee en abundancia. Muy bien decorado el lugar y estaba exquisita realmente la torta. Pero no podría entrar, pues no me acordaba el nombre del Boogie. Tal vez fuera mejor, pues como mi amiga no estaba invitada, hubiera tenido que dejarla a ella en la puerta. Pero tampoco podía desairar la invitación del Boogie.
Llegamos. Multitud de gente iba entrando en una gran casa blanca. Había oficiales y suboficiales de la marina y la aeronáutica. La fiesta se desarrollaba en dos niveles: en los patios externos, grandes extensiones cubiertas de césped, se acopia al común de la gente; adentro, en los salones, alternaban los invitados especiales. Me entró la duda de a cual categoría pertenecería yo. Pero caí luego en la cuenta de que no recordaba el nombre de Boogie, por lo cual era vano preocuparme por categorías, si no podría entrar.
Separándome de la gente y dejando sola a mi compañera me acerqué a la puerta. Allí un suboficial recibía las invitaciones. Le pregunté si podría mandar a llamar a mi amigo Boggie, para que me hiciera entrar. "¿Qué Boogie?", me preguntó. Cuando le dije que no me acordaba de su nombre me tomó violentamente de las solapas y me empezó a golpear. Quería hacerme confesar, pues creía que yo conocía el nombre de mi amigo y quería ocultárselo a él. Por suerte se convenció pronto de que no era así y me dejó, no sin antes propinarme cuatro o cinco sopapos. Pero tampoco me dejó entrar, ni mandó a llamar al Boogie. Sencillamente me ignoró.
Entonces busqué a mi amiga y nos fuimos, tomados de la mano por la ciudad nocturnal.
La Plata, agosto de 1981.
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