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El bulto
1
La noche estaba fría y ventosa. Sola en su rancho Adela, con los dos chicos, oyó el lejano ladrar de los perros y tuvo miedo. Otra vez tuvo miedo. "Cuántas noches sola...", pensó. Ya eran las once. Esta noche, seguramente, Manuel tampoco vendría. Le había salido picaflor el hombre. Ni la lluvia lo paraba, cuando andaba por ahí, gateando alguna guaina. Y eso ocurría con tanta frecuencia... casi siempre, en estos dos años. Ella había quedado mal de los últimos nacimientos -tenían tres, uno vivía con la abuela-, el vientre lleno de franjas y los pechos como vainas vacías. Ya no había forma de arreglarse el pelo (es tan difícil aquí, con la tierra en el viento, el agua salitrosa y las ocupaciones, que no dejan tiempo) y como si todo ésto fuera poco, las piernas se le habían puesto varicosas. Si hasta por ahí lo justificaba a Manuel, cuando veía alguna chinita veinteañera y se le iban los ojos. Pero que sea tanto como era no. No había derecho, por más que ella no fuera la de antes, a abandonarla tanto. Ya no había noche, sea invierno o verano, que él durmiera en la casa. No era borracho, no. Gracias a Dios. Tampoco le gustaba andar, como algunos, todo el tiempo pensando en cuadreras y taba. El único defecto que tenía Manuel, era que le gustaban de más las mujeres. Bueno, por lo menos -eso había que reconocer-comida y ropa, aunque fuera pobre, no les faltaba.
Oyó acercarse el paso de un caballo, seguido por el ladrido de los perros y tuvo miedo. Otra vez tuvo miedo. El caballo se detuvo muy cerca; tal vez, al lado del corral. ¡Ah, si estuviera Manuel!... Luego de un momento en que no pudo distinguir ningún ruido, por el ulular del viento al pasar por el alero, oyó que golpeaban. ¿Quién sería? Vivían a tres kilómetros del rancho más cercano, y no había forma de pedir ayuda en caso de ser un forajido. ¿Iría a ver por la rendija? No. ¿Y si fuera el almamula? Dice que el almamula se presenta así, las noches de viento, con forma de persona, a pedir resguardo. Y cuando uno se descuida, en un momentito lo halla devorando a los chicos, para hacerlo después con los mayores. No, no iba a abrir. Mas de pronto, en medio del ventarrón, le pareció oír su nombre.
-¡Adeeela!-le pareció que gritaban. ¿Sería Manuel? No, no podía ser. Nuevamente escuchó, esta vez con atención, aguzando el oído. Sí, era su nombre. ¿Podría ser que volviera Manuel? Con el corazón palpitante se puso las zapatillas y se dirigió hacia la puerta. Cruzó rápidamente la cocina-comedor con piso de tierra y afirmando la oreja sobre la pesada hoja de algarrobo preguntó:
-¿Quién es?
Y escuchó lo increíble:
-¡Manuel! ¡Abrí, pedazo de tonta!
Con alegría sin límite descerrojó el gran candado y levantó el hierro con que trababa la puerta. En el marco apareció Manuel, todavía con el rebenque en la mano. ¡Pero, en qué estado venía!
Tenía el traje negro blanqueado de tierra, el cabello en desorden -llegó sin sombrero-y el rostro lleno de moretones. Pero lo más notable eran su palidez -como si la sangre le hubiera huido-, la boca desencajada, abierta y hacia un lado y los ojos desorbitados, como si hubiese visto al mismo diablo.
-¿Qué te ha pasado?-preguntó Adela.
-Nada... nada... he peleado...-dijo el hombre, caminando como un autómata hacia la cocina de hierro. Se quedó allí, con las manos sobre la hornalla y no hubo forma de sacarle otra palabra.
Adela, mujer del norte, no insistió. Demasiado era que hubiera vuelto! Si hasta le daban ganas de dar gracias, a quienquiera que fuese, por haberlo aporreado. El hombre, cuando logró salir de su ensimismamiento, no quiso comer y se fue a la cama como estaba.
2
Sobrevino un período feliz para la familia. El hombre, como por un milagro, se había vuelto moderado. Se levantaba temprano, ordeñaba las dos vaquitas y rumbeaba para el surco. Cuando terminaba las tareas, por la tarde, se daba un buen baño de agua caliente... y se quedaba en su casa. Fabricaba juguetitos para los chicos y le enseñaba a caminar a Ermelinda, la shusquita. Andaba medio callado, es cierto, pero qué importaba eso.
El asunto es que ya no faltaba de noche, como antes.
Pero eso duró tres semanas... cuatro, a lo mejor.
Cuando Adela vio -en el casamiento de la Dolo-cómo se cruzaban las miradas de Manuel con las de esa tucumana... cuando observó de reojo el rostro de su marido mirándola bailar... supo que todo iba a empezar de nuevo. Para mejor estaba disponible, la muchacha. Su joven marido andaba trabajando, cerca de Matará, haciendo un camino. Así que no habría estorbos para el bandido.
Efectivamente. A los dos días, Manuel se emperifolió bien, ensilló el caballo a la tardecita y a modo de saludo le dijo:
-Me voy. No me esperes, por las dudas.
3
El cielo, nublado, estaba de color violeta y difundía un claror extraño. A lo lejos, Manuel divisó la casita blanca de los Ortices. Eran un matrimonio joven -tres años de casados-, sin hijos. El no podía. La muchacha había caído rápido en la telaraña del experimentado seductor. Era la primera vez que sería infiel a su marido. Temblaba, la noche del casamiento de la Dolo, cuando detrás de la cocina le dijo:
-Bueno... venga a visitarme... ¡pero por favor! ¡que no se entere nadie!
Ladró un perro. Casi en el acto, se oyó la voz de la mujer, desde la ventana, aplacándolo. Estaba alerta. Lo había estado esperando. El perro siguió ladrando, con menor convicción y se arrimó casi hasta las patas del caballo.
-¿Quién es?-preguntó la muchacha, desde la ventana.
-Yo-dijo él.
¡Ah! ¡Acerquesé, acerquesé! ¡Ya le abro!
El perro de pronto cambió su actitud. Con los pelos erizados, empezó a gemir y a retroceder despacito, como si lo amenazara algo desmesurado. "¿Qué le pasa a este bicho?", pensó Manuel. El caballo también se puso inquieto y empezó a caracolear, bufando. En la puerta de la casa, a unos cincuenta metros, se recortó la figura esbelta de la muchacha. Cuando pudo poner pie en el suelo, lo vio.
Estaba allí, inmóvil, amenazante, igual que la otra vez, sobre la tierra, entre unos yuyales. Lo paralizó el terror. El caballo, relinchando, se volvió hacia atrás y escapó. "Juna gran maula..." pensó Manuel, pero no atinó a hacer nada. El bulto no tenía forma definida, o tal vez, se lo podía comparar con un huevo, o mejor, un inmenso riñón de cabrito, gris, lleno de pelos; o una bola de grasa, que se movía... se movía, pero no se veía cómo; uno se daba cuenta que en ese horrible ser... ¿era un ser?, había algún tipo de movimiento, algo como el retemblar de una gelatina al ser sacudida; de algún modo cambiaba de lugar, pero no se percibía cómo... Tampoco se podía saber cómo, con qué (era liso) golpeaba a los humanos... La joven mujer se había quedado en la puerta y desde allí preguntó qué sucedía.
-Ya voy-le contestó Manuel. Y para sus adentros: -esta vez no me vas a parar...
Sacó el facón de la vaina, que llevaba sobre su pulmón izquierdo. No buscaría pelea, pero el bulto no lo iba a agarrar fresquito, como la vez pasada. Lentamente, empezó a caminar para un costado, tratando de evitarlo. El bulto se movió: como un inmenso caracol sin concha el detestable bulto se movió, poniéndosele de nuevo adelante. De nuevo Manuel buscó rodearlo y se corrió esta vez hacia la izquierda. La mujer miraba estos movimientos de Manuel desde la puerta, sin comprender. Otra vez el bulto se le puso adelante. Manuel trató de aventajarlo y pasar corriendo; para ello dio un brinco como de dos metros, hacia la derecha. Pero el bulto, no se sabía cómo, se reubicó antes que él. Entonces, furioso, decidió encarar. Enfiló el facón hacia el feo cuerpo, a modo de bayoneta, y se lanzó dispuesto a atravesarlo.
Solamente vio relámpagos azulados y sintió retumbar en la cabeza los golpes, que lo levantaron en el aire. Cuando lo contaba, después, Manuel decía que era como si le pegaran con una bolsa de arpillera repleta de arena. Enseguida se desvaneció.
4
Adela lo halló por la mañana, a unos trescientos metros del rancho. El caballo había vuelto solo, a medianoche, y se había metido en el corral. Manuel estaba desnudo, lleno de golpes y magulladuras, arañado por las espinas del monte y una baba espumosa le caía de la boca. Durante dos días, deliró, y decía únicamente:
-¡Ay, mamita!... ¡Ay, mamita!...
La joven señora de Ortiz -por supuesto, declarando antes no saber qué andaría haciendo Manuel por allí-decía que desde su ventana (no se había atrevido a abrir por el miedo), lo había visto pelear, sin contrincante... y era como si alguien le pegara -contaba la joven señora-pero no se distinguía a nadie. Así, a los golpes, vio que lo llevaban tambaleando para el lado del monte. Después, se los tragó la noche. Finalizaba su relato afirmando que Manuel "alguna copita de más debía de haber tenido". Cuando le decían que él no tomaba, hacía un gesto ambiguo y se quedaba callada.
Manuel se restableció. Quedó medio taciturno para siempre, pero bien. Y Adela desde entonces, le prende una vela cada quince días a San Gil. Porque su marido, desde esa vez, no sale más de su casa. Salvo que vaya acompañado por la familia.
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