|
Atraque
Se me cumplió el sueño del pendejo. ¡Qué atraque me mandé! Una criatura divina, y encima, con guita. Tiene dieciocho años -recién sacadito el carné de conductor-, cabellos suaves, ojitos claros y un cuerpo de diosa. Ah y una cupé Ford, 0 km. En ella nos castigamos por las afueras de Santiago -es una piba liberada; no tiene drama en quedarse conmigo hasta cualquier hora; la estoy pasando como un chá. ¡Totalmente banana, loco!
¿Te comento cómo la conocí? Right. Ella estaba sola, en La Taberna de Andrés, tomando un licuado mientras mirada hastiada a los que bailaban. Yo andaba en banda, como a veces me ocurre, pero después de algunas vacilaciones entré. Es que el money a gatas me había alcanzado para el colectivo y la consumición. Apenas entré, la vi. Y ella a mí. Me di cuenta -uno tiene cierta calle-, pero me quedé en el molde, observándola (nunca hay que irse de jeta; la péndex se espanta). Me abstuve, como diría mi viejo, pues imaginé que una mina tan linda no iba a salir así nomás a bailar. Dicho y hecho. Desde mi rincón estratégico la vi haciendo rebotar a dos seguidos. "Este no es el camino", pensé. Empecé a carburar a toda máquina para concretar el insai con nivel. Debía buscar un modo que me permitiera entablar el diálogo con amplios márgenes para huir sin que nadie lo notara, en caso de rebote. La negrada observa, aquí, y se iban a regodear si me junaban con la cola entre las patas. Al fin, lo hallé. La oportunidad me la dio el mesero -un grone conocido mío-y también la urgencia, pues ella lo llamó con la evidente intención de pagar e irse. Me levanté presto pero sin alharaca -para eso, soy un bacán-; mirándolo con autoritario confianzudismo le dije al Pancho:
-La consumición de esta dama me la anotas a mí, por favor-, y volviéndome hacia ella: -me permite, señorita, homenajearla con esta insignificancia.
Se quedó sorprendida, halagada, con un esbozo de sonrisa en los labios. Pancho achicó los ojos dudando entre hacerme pasar un papelón o arriesgarse a no cobrar never more el licuado. Amón lo iluminó y se fue cabeceando.
-¿Por qué parte tan temprano? ¿Me va a dejar la frustración de no poder compartir con usted una copa?-le descerrajé ipso facto.
Sin contestar lo que preguntaba ella me dijo:
-Bueno... por fin encuentro alguien que no me tutea de entrada...
"Ya estás conmigo, criatura", pensé y me acomodé en la butaca a su lado. (Muchas me dijeron eso: que las copaba mi modo de ser, galante, casi anticuado. Y sí, a las mujeres en el fondo, les gusta siempre que el hombre sea así).
-No quiero que lo tome como un cumplido más -le dije-, sinceramente, no he visto nunca una chica tan misteriosamente atractiva como usted (y era verdad).
-Tuteame, por favor...-me dijo ella.
Eché una mirada de Schwarzenegger sobre la gilada y me repantigué a mis anchas en el butacón.
-No lo tomes a mal... pero te estuve mirando, desde hace rato...-empecé.
-Estoy acostumbrada a que me miren-me cortó. Y antes de que yo pensara "todas las lindas son iguales", siguió: -Y estoy cansada de que me miren solamente por mi cuerpo y mi carita bonita. Por eso justamente es que creo que voy a estar siempre sola.
"Curte una onda intelectual", me dije, y me preparé para modificar mi discurso.
-Mirá...-recomencé, adoptando cara de diván-yo te voy a decir... (¿cómo era tu nombre?)... se trasunta de vos...
-Lamia.
-... se desprende de vos, Lamia, aunque no lo creas, una sugestión extraña... algo, como un cierto oscuro mundo interior, que trasciende tu natural belleza... no sé, es algo más, uno se da cuenta que en vos hay algo más...
Bueno. Lo cierto es que nos fuimos juntos esa noche, a un bar más íntimo. La mina fue tan piola, figurate, que como yo insistía en que fuéramos solamente a pasear por el parque en su coche, se dio cuenta de que estaba ciego y me dijo:
-No te preocupés, yo invito.
Toqué la bóveda celeste con las pezuñas. Ni te cuento los detalles de esa noche, porque me vas a catalogar de fanfa.
Lamia es hija de un empresario, hace poco llegaron de Río Negro -al jovie le recetó el galeno climas calientes-y van a instalar una fábrica aquí. Están buscando el lugar de la provincia que les convenga más. Tiene la mosca loca; me banca; yo no sé qué me vio pero me banca. Bah, en realidad sí sé qué me vio. Soy culto, buen mozo y de buena familia. No tendré guita, pero hasta antes que se muriera mi vieja -mi viejo es abogado-teníamos un buen pasar. Después al tata se le empezó a dar por el trago y cagamos. Pero uno conserva, la educación, los modales, el apellido; esas cosas, ¿viste? Así... yo creo que enseguida la woman se dio cuenta de que trataba con alguien de distinción.
Hace dos semanas que salimos con Lamia. Cada vez me enamoro más. Es una chica encantadora... fina, elegante, inteligente y bella. Desde chico he soñado con una mujer así. Hasta estoy pensando en casarme con ella. ¿Por qué no? Yo podría administrar las empresas de su papá. No me lo ha presentado todavía, ni me llevó a su casa, pero comprendo que no quiera apresurarse... tantos aventureros habrán andado por detrás de ella... se habrá llevado tantas decepciones, ya... Es reservada. No me ha contado casi nada de su vida, pero me di cuenta de que sus pocos romances anteriores le dejaron siempre una decepción. Me explicó entonces sus palabras de la primera noche: "estoy cansada de que me miren por mi cuerpo y mi carita linda..." (y por tu guita, le agregaría yo). En realidad, Lamia es la mina ideal: tiene un carácter agradable; cuando no coincide con vos, sabe decirlo de un modo que jamás te lastima. Nos gusta ir al río, por las noches, cuando no hay nadie allí y bañarnos bajo la luna. Antes de que amanezca, ella tiene que volver -yo mismo se lo recomiendo: no es cuestión de indisponernos al jovato. Durante el día, ando como un sonámbulo, pero con un sueño lindo. La gente me resulta simpática, sin distinciones de raza, procedencia o religión; hasta he hallado paciencia para darle la lata sobre alcoholismo a mi papi. El me mira de atrás de sus ojos rojos, como diciéndose: "¿y a éste qué bicho le ha picado?". No me importa. El amor de Lamia me dio seguridad y energía como para que no me rocen los dramas. Así que hago esto sólo como una cuestión de conciencia. Voy a casarme con ella. No se lo voy a decir, todavía, pero estoy decidido a trabajar para eso. No puedo perderme una mujer así.
He pasado una etapa oscura. Por suerte, ya está superada. Lamia me dejó de ver. "No quiero hacerte daño", me dijo. "¿Pero que daño puedes hacerme vos a mí, loquita?", le contesté. Pero no hubo forma de convencerla. No quería que salgamos más. Casi me muero la noche que se fue, haciendo rugir la cupé y las luces de atrás se perdieron en la curva de la costanera. Me volví a casa caminando, al borde del suicidio. Pasé por sobre el cuerpo de papá, que estaba tirado en el living durmiendo su borrachera y me encerré en mi pieza a llorar. Sí, lloré, te lo cuento, como un marrano. Cerca del mediodía, me desperté, un poco más despejado.
Pero la suerte es mi madrina, bichi. Cuando ya andaba desesperado, pues no conocía su casa y como eran nuevos en Santiago no figuraban ni en guía, la encontré. Iba a cruzar una calle, cuando vi su coche, parado frente al semáforo en rojo. Justo se puso en verde. Corrí y me puse frente al auto. De atrás le empezaron a tocar bocinas. "¿Qué hacés, loco?" me preguntó, sacando la cabeza por la ventanilla. "Matame", le dije. "Si no voy a verte más, mejor es que me mates". "Bueno, inconsciente", me contestó, "esperame aquí, que voy a estacionar y vuelvo... pero correte... nos van a devorar las fieras de atrás". Así empezó esta segunda etapa de nuestro noviazgo. Superior, para qué te voy a contar, a la primera.
Ya le hablé de casamiento. Ella se sigue negando a presentarme su familia, con la excusa de que es muy pronto y no está del todo segura de sus sentimientos. Pero va a ceder. Yo sé que va a ceder.
¿Qué hago aquí? Ah, cierto, me trajeron los de la cana. Todavía no he salido bien de este horrible anestesiamiento; por partes, todo esto me parece un mal sueño. A ver si puedo recomponer nuevamente lo que me pasó:
Me han encontrado, en la orilla del río, chorreando sangre y desvanecido. Por suerte acertaba a pasar por allí un pescador solitario, y me vio. El hombre no quiso tocarme, pero montó en su auto y fue a llamar a la policía. Fueron ellos quienes me trajeron al hospital.
Me desperté en una habitación blanca, con un montón de rostros alrededor, que me miraban. Quise seguir durmiendo, pero un doctor me pegó cachetaditas en la cara y me gritó:
-¡No te duermas, muchacho, por favor!...-. Dirigiéndose a los otros, comentó: -esa anestesia que le inyectó la chica es de las más fuertes.
Cuando consiguieron despabilarme un poco empezaron las preguntas:
-¿Dónde la conociste?
-¿Hace cuánto salías con ella?
-¿Nunca te dijo, aproximadamente aunque sea, dónde vivía?
-¿Cómo era su apellido? ¿Rais o Retz, no te acuerdas bien?
Y así hasta que consideraron, al parecer, haberme sonsacado lo máximo posible. Después, me quedé escuchando sus conversaciones. De ellas pude enterarme que mi amante amiga había cometido por lo menos dos hechos similares a lo que hizo conmigo. Dos muchachos, de parecida edad, habían sido encontrados en las mismas condiciones hacía poco tiempo, en Córdoba y en Santa Fe. Uno había muerto. Se trataba de una maníaca, deducían los canas, por su manera de actuar. Debía de ser estudiante de medicina, o al menos hija de un médico; manejaba demasiado bien el bisturí. La manera como había seccionado era perfecta. Propia de una profesional.
En medio de este letargo me quedé un rato, hasta que por fin comencé a despertarme totalmente. Mi primer pensamiento fue que era una pena este final para nuestro hermoso noviazgo. Me había hecho tantas ilusiones... Pero poco a poco, después, me consolé. La policía la va a atrapar; estoy seguro. Son muchos los datos que han podido reunir. Probablemente la voy a ver pronto, en el juicio. No le guardo rencor, pese a todo. Pero una sola cosa me preocupa: ¿qué voy a hacer ahora, sin mi pito?
|